NASSAR
A un hombre como Mansour Al Rashid no se le engaña con mentiras. Se le engaña con verdades a medias, dichas en el orden correcto.
Eso lo aprendí hace cuarenta años, cuando él y yo empezábamos, jóvenes y hambrientos, en el mismo mundo de negocios. Nunca fuimos amigos. Yo escogí el camino de la palabra limpia; él, el del miedo. Pero nos conocemos. Sé cómo piensa. Sé qué lo mueve. Y sé, sobre todo, que la codicia le nubla el juicio justo cuando más necesita tenerlo claro.
Por eso, cuando entré a su estudio esa mañana, no fui como enemigo. Fui como viejo colega que viene a ofrecer un buen negocio.
—Nassar. —Mansour se levantó de su silla, receloso, apoyado en el bastón—. Qué sorpresa. El protector de mi hijo, en mi casa. No sé si darte la bienvenida o llamar a seguridad.
—Guarda la seguridad, Mansour. —Me senté sin que me invitara, con calma—. Vine a hablar de negocios. Y a aclarar un malentendido.
—¿Cuál malentendido?
—El de que soy protector de tu hijo. —Me acomodé en la silla—. Lo fui. Le abrí mi casa, le presté dinero, lo apoyé cuando lo desterraste. Lo admito. Pensé que era un buen muchacho, injustamente tratado. —Hice una pausa calculada—. Pero eso fue antes de que la policía lo sacara esposado de mi propio edificio, acusado de lavar dinero con criminales. Antes de ver el apellido Al Rashid en todos los periódicos, revolcado en el lodo. —Negué con la cabeza, fingiendo una decepción que no sentía—. Yo soy un hombre de nombre limpio, Mansour. Cuarenta años me costó construirlo. Y no pienso mancharlo asociándome con un delincuente, sea hijo de quien sea.
Vi cómo a Mansour se le suavizaba un poco la postura. Cómo bajaba la guardia. Un hombre siempre confía más en quien le da la razón.
—Vaya. —Se sentó frente a mí, más relajado—. Con que también a ti te decepcionó Zayed. Bienvenido al club, Nassar. Yo lo crié quince años y me pagó con traiciones. Tú lo apoyaste unas semanas y ya te escupió en la cara. Ese muchacho salió podrido.
—Podrido —repetí, asintiendo, tragándome el asco de darle por su lado—. Y por eso vine. Porque cuando un negocio se pudre, un hombre inteligente corta por lo sano y busca otro mejor. —Me incliné hacia adelante—. Yo aposté por el hijo equivocado, Mansour. Tú y yo lo sabemos. El poder, el nombre, el futuro de esta familia, nunca estuvo en Zayed. Estuvo siempre en ti. Y vine a proponerte hacer negocios con el hombre correcto. Contigo.
Mansour entrecerró los ojos. La codicia y la desconfianza peleándose en su cara.
—¿Qué clase de negocios?
—Los mejores. —Junté las manos—. Pero primero déjame hablarte de algo más delicado. Me enteré, por ahí se dicen las cosas, de que tu hija Layla se iba a casar con un socio tuyo. Y de que ese socio, en cuanto olió el escándalo, se echó para atrás como una rata. Te dejó plantado.

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