LAYLA
Esa noche, por primera vez en mi vida, entré a una habitación siendo libre.
No la casa de mi padre. No una jaula. Una habitación en casa de los Nassar —de la familia de Karim, mi familia ahora—, preparada para nosotros, con velas y flores y una cama que nadie iba a venir a vigilar. Karim cerró la puerta detrás de nosotros, y por primera vez cerrar una puerta no significó esconderse. Significó estar juntos. A la vista de todos, con permiso del mundo entero.
Éramos marido y mujer.
—Todavía no me lo creo. —Me giré hacia él, con el vestido de novia todavía puesto—. Cualquiera de estas cosas por separado ya sería increíble. Pero todas juntas… Karim, hoy en la mañana estaba lista para huir de una boda con un desconocido. Y ahora resulta que el desconocido eras tú. Que estás vivo. Que eres hijo de Nassar. Que nos casamos. De verdad. —Se me quebró la voz—. Necesito que me cuentes todo. Desde el principio. Porque no entiendo nada, y no quiero irme a dormir sin entender.
—Ven. —Karim me tomó de la mano y me sentó con él en el borde de la cama—. Te cuento todo. Tenemos toda la noche. Y todas las noches que nos quedan.
Y me contó.
Me contó cómo Hassan lo sacó de la casa la noche que mi padre lo mandó golpear, medio muerto, con doce horas para desaparecer. Cómo Hassan, en el auto, le reveló el secreto que había guardado treinta y cinco años: que su padre no estaba muerto, que era Nassar, uno de los hombres más ricos de Dubái. Cómo Nassar lo reconoció al verlo, por los ojos de su madre, y lo abrazó llorando.
—Toda mi vida creí que era un don nadie. —Karim me apretó la mano—. Un chofer, huérfano, sin nada que ofrecerte. ¿Te acuerdas que te dije que no tenía a dónde llevarte? ¿Que no tenía casa, ni fortuna, ni un techo digno? —Sonrió—. Resultó que tenía todo eso y no lo sabía. Que mi padre me estaba buscando desde antes de saber que yo existía.
—A mí no me importaba nada de eso. —Le puse la mano en la mejilla—. Yo te elegí cuando eras chofer. Cuando no tenías nada. Te lo dije esa noche, ¿te acuerdas? No necesito un techo, te necesito a ti. Y lo dije en serio. Todo esto de que eres hijo de Nassar, de que eres rico… está bien, me alegro por ti, por lo que sufriste. Pero yo me casé con Karim. Con el que me sostenía en la oscuridad. No con el heredero.
—Ya lo sé. —Me besó la palma de la mano—. Y por eso te amo más. Porque tú fuiste la única que me quiso cuando no era nadie.
Me contó lo demás. El plan de Nassar. La negociación con mi padre. Cómo se mantuvo oculto para que mi padre no lo reconociera hasta que fuera demasiado tarde. La nota en mi ventana, para que no huyera. Zayed interceptándome en el jardín, pidiéndome que confiara sin poder decirme por qué.
—Todos sabían menos yo. —Me reí, entre indignada y aliviada—. Me dejaron sufrir pensando que me casaba con un viejo desconocido.


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