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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 194

MARIANA

Hay una hora, cuando el sol baja detrás de los naranjos, en que el jardín se pone dorado y yo me siento en el porche a mirar todo esto y me cuesta creer que sea mío.

Dieciocho años. Desde Dubái hasta este pedazo de México donde plantamos los primeros naranjos, Zayed y yo, con nuestras propias manos. Dieciocho años de paz y de prosperidad. Los árboles que entonces me llegaban al hombro ahora dan sombra a toda la familia, y la familia, válgame, no para de crecer.

Zayed sale con dos tés y se sienta a mi lado sin decir nada. A los cincuenta sigue siendo el hombre que me quita el aire cuando entra a un cuarto, solo que ahora las sienes se le pintaron de gris y las manos, cuando buscan las mías, ya no tienen prisa.

—Están todos adentro —dice—. Khalid otra vez perdiendo al dominó.

—Déjalo que pierda. —Me río—. Es la única cosa en la vida que no se le da.

Los domingos esta casa es un escándalo feliz.

Khalid y Gabi llegan con sus dos niños, que corren entre los árboles como corríamos nosotros cuando todo dolía y ellos todavía no existían para arreglarlo. Gabi se mueve por mi cocina como si fuera suya —lo es, un poco— y me cuenta a gritos del último disparate de su marido. Karim y Layla vienen detrás, con la pequeña de ellos colgada del cuello de su papá, y Karim, que de niño fue una herida andando, hoy es el hombre más suave que conozco con su hija.

Y en algún lugar de la casa, nuestro hijo. Amir. Un crack con el balón, de los que la gente va a ver jugar los sábados; pero está en esa edad en que el mundo le cabe entero en unos audífonos y prefiere encerrarse en su cuarto antes que bajar a saludar a los tíos. Adolescencia pura. A ese también lo quiero con el alma, aunque me gruña.

Los miro a todos y pienso en todo lo que costó llegar aquí. En los nombres que no digo. En las sombras que dejamos enterradas al otro lado del mar. Lo logramos, me digo, como me lo digo cada domingo. Contra todo, lo logramos.

Y en medio de ese alboroto, falta una.

—¿Y Valentina? —pregunta Layla.

—En Las Vegas. —Zayed lo dice con esa mueca que pone cada vez que su hija hace algo que él no controla, que es siempre.

Fue regalo de graduación. De ella para ella misma, porque así es Valentina: no espera que nadie le regale nada, se lo compra solita y de paso invita a las amigas.

Yo dudé. No voy a mentir. Cuando me dijo "me voy una semana a Las Vegas con las chicas", algo en el pecho se me cerró. Quise decirle que no. Quise encerrarla con mil pretextos.

Pero ¿quién soy yo para cortarle las alas a mi hija? Yo, que a su edad me subí a un avión hacia un país que no conocía, a los brazos de un hombre que no entendía, y que de eso hice toda mi vida. Si algo le di a Valentina fue justo eso: la certeza de que el mundo es suyo y que entra por la puerta grande.

Así que me tragué el miedo y le dije:

—Pásala increíble, mi amor. Y contéstame el teléfono.

Me lo contestó dos de siete días. Clarísimo.

—

Andaba con el teléfono pegado a la oreja, cerrando un salón, peleando con un proveedor. Porque sí, Gabi y yo seguimos con la empresa de eventos que montamos al regresar, y todavía nos peleamos la ciudad como dos locas. Estaba en plena guerra telefónica cuando se abrió la puerta.

—¡Hola, mamá!

Valentina entró, tiró el saco en el sillón de siempre y me dio un beso al pasar, con la maleta rodando detrás.

Y aquí está la parte que no le he dicho a nadie, ni siquiera a Zayed, porque no sé ni cómo nombrarla.

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