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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 195

VALENTINA

Acabo de cerrar el contrato más grande de mi carrera y mi asistente ya me está recordando, por tercera vez, que soy imposible.

—Vale, el cliente dijo que nunca había tratado con alguien tan terco.

—Dijo "difícil". —Firmo la última hoja sin levantar la vista—. Y le contesté que "difícil" es como le dicen los hombres a una mujer que no se deja. Ponlo en una taza.

Me reclino en la silla de mi oficina. Mía. Con mi nombre en la puerta, no el de mi padre. Porque si algo tengo claro, es que yo no iba a ser "la hija de". Levanté mi grupo de inversión desde cero, sin un peso del apellido Al Rashid, y a los veintitrés cierro tratos que hombres del doble de mi edad no consiguen. A punta de carácter.

Dueña de mi tiempo. De mi dinero. De mi vida.

De todo.

Menos de una noche que no logro recordar.

—

Fue hace meses. Las Vegas, viaje de graduación, las chicas, demasiado de todo. Y un hueco negro en medio.

No me acuerdo. Y eso, en mí, es un escándalo. Yo soy la que recuerda nombres, fechas, qué dijo quién y con qué cara. La que nunca pierde el control, ni borracha, ni enamorada —sobre todo no enamorada—. Y sin embargo de esa noche no me queda casi nada. Luces. Una capilla de neón que a lo mejor soñé. Unas manos que no eran de nadie que yo conozca. Una risa que todavía me despierta a veces, y que no sé de quién es.

Desperté sola, con la cabeza partida y la rara sensación de que algo me faltaba, aunque no sabía qué. Lo enterré rápido. Una estupidez de borrachera, Valentina, olvídalo. Me lo repito desde entonces.

Pero hay noches en que me descubro dándole vueltas a un vaso de agua en la cocina, intentando reconstruir una cara que no tiene rasgos. Porque por primera vez en mi vida, esa noche, los muros me fallaron. Dejé entrar a alguien. Y ni siquiera sé a quién.

No me asusta lo que hice. Me aterra no saberlo.

—

Será por eso que soy como soy.

Me lo preguntan siempre: "¿De dónde eres?" Y nunca sé qué cara poner. En México me dicen que hablo raro. Cuando viene la familia de Dubái, en las fotos de redes soy la otra: la mexicana, la que no es de sangre. Demasiado de allá para aquí, demasiado de aquí para allá. Y eso que de Dubái casi no recuerdo nada: la última vez que estuve era una niña, y de eso hace dieciséis años.

Veintitrés años partida por la mitad. Esa es la única grieta que no dejo ver. Hacia afuera soy fuego. Hacia adentro, a veces, una niña que no sabe en qué idioma soñar.

—

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