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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 196

VALENTINA

Pego la frente a la ventanilla del avión como una niña, y no me importa.

Dubái aparece de golpe debajo de las nubes, imposible, dorada, clavada entre el desierto y el mar como si alguien hubiera dejado caer un puñado de diamantes sobre la arena. Torres que rasgan el cielo. Una isla con forma de palmera. El agua de un azul que no existe en ningún otro lado. Toda mi vida la vi en fotos, en las historias que no me contaban, en el olor de los naranjos de mi casa. Y ahora está ahí, de verdad, latiendo bajo mis pies.

Siento algo raro en el pecho. Algo que no sé nombrar y que no me gusta no saber nombrar.

Como si una parte de mí, dormida desde siempre, acabara de abrir los ojos.

—Respira, hermanita. —Amir, a mi lado, me pica las costillas con el codo, burlón—. Pareces turista.

—Soy turista. —No aparto la cara del vidrio—. Cállate y déjame mirar.

La casa de Nassar no es una casa. Es un palacio blanco que se derrama hacia el mar, y cuando el auto cruza el portón, media familia ya está afuera esperándonos.

Porque vinimos todos. Mis tíos Khalid y Gabi, con mis primos peleándose por quién baja primero. Mis tíos Karim y Layla. Mi abuela Carmen del brazo de Hassan, que a sus años todavía le abre la puerta como un caballero. Mi mamá, mi papá, mi hermano, yo. La tribu entera cruzando el mundo por un viejo.

Y el viejo está ahí, en lo alto de las escaleras, más pequeño de como lo recordaba de las videollamadas, apoyado en un bastón, con Farida a su lado. Cuando me ve bajar del auto, se le llenan los ojos. Ellos vivieron una temporada en México, pero Nassar extraña su tierra y por eso decidieron regresar.

—La última vez que te tuve enfrente —me dice, tomándome la cara con las dos manos temblorosas— me llegabas a la rodilla y te robabas los dátiles de mi mesa. Mírate ahora. Toda una mujer. Toda una fiera, me cuentan.

—Me cuentan bien, abuelo. —Lo abrazo, y por un segundo la coraza se me cae entera.

Porque a este viejo sí lo quiero. Sin condiciones. Es la única cosa de Dubái que siempre sentí mía.

La fiesta de bienvenida dura hasta la noche. Risas, comida que no reconozco y me encanta, mis primos corriendo por los pasillos de mármol. Por un rato, somos solo una familia feliz en una casa enorme.

Ya tarde, salgo a una terraza a tomar aire, y mi mamá me encuentra ahí, mirando las luces de la ciudad.

—Te conozco esa cara. —Mariana se apoya en la baranda a mi lado—. Es la cara que pones antes de meterte en un lío.

—Es la cara de estar cansada del vuelo. —Sonrío—. Oye, ma. ¿Yo estuve aquí de chica? Tengo… no sé. Cosas raras en la cabeza. Un olor. Una cama enorme. Una voz grave que no era la de mi papá.

Mariana se queda quieta un segundo.

—Viniste de muy niña, un par de veces. La última, con seis años. —Dice, con cuidado—. Estuviste poco. Por eso casi no te acuerdas. —Me mira, y algo se le tensa—. Valentina. Escúchame bien, porque te lo voy a decir una sola vez. Vinimos por Nassar. Unos días, nada más. Quiero que la pases bien, que conozcas, que disfrutes. Pero no te metas en problemas. Y, sobre todo… —Baja la voz—. No andes preguntando cosas que no te incumben. Esta ciudad tiene un pasado con esta familia. Déjalo donde está.

—¿Qué pasado? —Lo suelto al instante, porque soy incapaz de no soltarlo.

—¿Ves? —Mi mamá niega con la cabeza—. Eso. Exactamente eso. —Me besa la frente—. Prométeme que por una vez vas a dejar las cosas quietas.

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