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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 203

VALENTINA

Llevo cuatro días fuera de la clínica y ya removí media ciudad.

Llamé a cada contacto que tengo. Pagué a quien había que pagar. Busqué a un hombre joven, de ojos entre miel y ámbar, que se mueve como un soldado y desaparece como un fantasma. ¿El resultado? Nada. Kael no existe en ningún registro, ninguna cámara, ninguna lista de pasajeros. Como si lo hubiera soñado.

Pero no lo soñé. Tengo la venda en el pie para probarlo.

Así que voy por la única fuente que me queda. La que lleva dándome la espalda desde que dije su nombre.

Encuentro a mi papá en el despacho que Nassar le prestó, firmando papeles frente al mar.

—Dime quién es Kael. —Cierro la puerta—. Y no me digas que descanse.

—Valentina. —Ni levanta la vista—. Déjalo.

—Reaccionaste cuando dije su nombre. En la clínica. Te vi. —Me planto frente al escritorio—. Conoces ese nombre, papá. Lo conoces.

—Conozco muchos nombres. —Deja la pluma—. Eso no significa que todos sean asunto tuyo.

—¡Me secuestraron! —Golpeo el escritorio—. Dos días en un desierto, casi me muero, y el hombre que me sacó de ahí desapareció como si lo persiguiera algo peor que los que me agarraron. ¿Y me dices que no es asunto mío?

Por fin me mira. Y en sus ojos no hay enojo. Hay miedo. Del de verdad, del que no le había visto nunca a mi padre.

—Te saco de Dubái esta semana. —Su voz es baja, definitiva—. Vuelves a México, retomas tu vida y olvidas ese nombre.

—No pienso irme sin…

—Es una orden, Valentina. —Se levanta—. Por primera vez en tu vida, te pido que me obedezcas. Hay cosas en esta familia que enterré con sangre para que tú nunca las tocaras. Y acabas de pisar justo encima.

Me quedo sin palabras. Mi papá nunca me habla así.

—

Esa tarde, Nassar organiza una comida en la terraza. "Para celebrar que estás viva", dice el viejo, y no le puedo decir que no.

Me muevo entre los invitados con una copa que no bebo, y lo primero que veo me revuelve: mi papá, en un rincón, con una mujer que no conozco. Elegante, demasiado cerca. Le habla al oído, le ríe las gracias, le roza la mano al dejar la copa. Y él, cortés, la deja.

Busco a mi mamá con la mirada. Está al otro lado de la terraza, de espaldas, sin ver.

¿Quién es esa? Lo archivo.

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