ZAYED
La cena de ensayo.
El penúltimo acto antes del evento principal.
Llegué al Hotel Al Sama a las siete en punto. Puntual. Como siempre. Mi familia ya estaba en el salón principal. Mi padre conversando con miembros del consejo. Layla revisando algo en su teléfono. Los invitados cercanos dispersos entre las mesas doradas que brillaban bajo las lámparas de cristal.
Todo estaba exactamente como debía estar. Hassan apareció a mi lado.
—¿Todo bien, señor?
—Perfectamente.
Mentira. Nada estaba bien. No desde anoche. No desde que una mujer desconocida había salido de un baño envuelta en una toalla y había logrado hacer que sintiera algo por primera vez en años.
Y ahora estaba aquí. En mi cena de ensayo. A menos de veinticuatro horas de casarme con otra mujer. Intentando no pensar en ojos grandes y cabello mojado y la forma en que había gemido.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Era Khalid.
Un mensaje. Un enlace. Una noticia. Abrí el artículo. Y sentí cómo la sangre se me helaba.
"Grupo Hamza cierra acuerdo exclusivo con consorcio de Singapore. Contrato millonario asegurado en sector tecnológico."
Omar Hamza.
Mi competidor más cercano. Mi rival de toda la vida. El hombre que llevaba años intentando quitarme cada contrato que perseguía. Acababa de cerrar el trato que yo había estado negociando durante seis meses.
¿Cómo?
¿Cómo demonios lo había conseguido?
Apreté el teléfono con fuerza. Después la copa que sostenía en la otra mano.
El cristal crujió.
Apreté más fuerte.
Y la copa estalló.
El cristal se rompió en mi mano. Fragmentos cayendo al suelo. Líquido derramándose. Y sangre. Miré mi palma.
—Señor —Hassan apareció inmediatamente a mi lado.
—Estoy bien.
—Está sangrando.
Cerré el puño intentando contener la sangre.
No funcionó.
Seguía saliendo.
Uno de los organizadores del evento apareció corriendo con servilletas.
—Señor Al Rashid, por favor, permítame ayudarlo.
Me envolvió la mano con las servilletas blancas que se mancharon de rojo inmediatamente.
—Necesitamos limpiarlo y desinfectarlo —dijo rápido—. Hay una sala lateral. Por favor, acompáñeme.
Necesitaba salir de ese salón antes de que alguien más notara lo que acababa de pasar.
Antes de que mi padre viera. Seguí al organizador por el pasillo hasta una pequeña sala privada.
—Siéntese, por favor —indicó una silla—. Voy a buscar el botiquín.
Me senté. La servilleta seguía empapándose de sangre.
—El botiquín está en la oficina principal —explicó—. Andrea, por favor llama a Mariana. Ella tiene uno de emergencia.
Fruncí el ceño.
—¿Mariana?
—La coordinadora del evento, señor —respondió el hombre—. Ella siempre carga un botiquín completo. Estará aquí en un momento.
La chica salió corriendo. El organizador me ayudó a quitar las servilletas empapadas y las reemplazó con otras limpias.
—Mantenga presión —indicó—. Ella viene enseguida.
Y salió dejándome solo otra vez.
Mariana. La coordinadora.
La mujer con la que había estado intercambiando correos durante cuatro meses. La profesional que Hassan había contratado personalmente para este evento. La persona responsable de cada detalle de mi boda.
Eficiente. Puntual. Profesional.
Hassan la respetaba y eso era suficiente para mí.
La puerta se abrió otra vez.
Levanté la vista.
Y el mundo se detuvo.
Pantalón negro. Blusa gris. Cabello recogido. El mismo cabello que había estado suelto y húmedo anoche cayendo sobre sus hombros.La misma boca que había hecho gemir.
Mariana.
La coordinadora de mi boda.
Era ella.
La mujer de la habitación 3901.
—¿Está bien, señor Al Rashid? —preguntó finalmente.
Su voz.
Dios.
La misma voz que había suplicado "por favor" anoche. Me recorrió completa.
—¿Puedo ver?
Retiré las servilletas. Ella examinó el corte sin tocarme.

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