ZAYED
Desperté temprano el día de mi boda.
No porque estuviera ansioso.
Simplemente no podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía el mismo rostro. Ojos grandes. Cabello oscuro. Esa expresión de pánico cuando me reconoció ayer.
Mariana Rios.
Estaba listo para el gran día.
La gran boda de Zayed Al Rashid.
Recibí la llamada muy temprano. Era Khalid.
—Los Al Farhan solicitan una reunión urgente —dijo apenas contesté—. Esta mañana. Con sus abogados.
Conocía ese tono.
Algo estaba mal.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Llegarán en una hora al palacio.
Me levanté de la cama.
—Estaré ahí.
La llamada terminó.
Quince minutos después iba camino al palacio familiar mientras Dubái despertaba afuera de la ventana del auto. Hassan manejaba en silencio. No preguntó nada. Nunca lo hacía.
Llegué con quince minutos de anticipación.
Mi padre ya estaba en la sala principal.
Sentado.
Esperando.
Levantó la mirada apenas entré.
—¿Sabes por qué vienen? —preguntó.
Aflojé el reloj de mi muñeca.
—No tengo idea.
Asintió lentamente. No volvió a hablar. Los Al Farhan llegaron puntuales. Y fue ahí cuando entendí que esto no era una reunión normal.
Nadia entró junto a su padre acompañada por dos abogados y un hombre que yo no reconocí. Fruncí el ceño apenas la vi.
Ella debía estar preparándose para la boda.
No aquí.
No vestida así.
No con esa expresión.
El ambiente cambió apenas cruzaron la puerta. Nadie ofreció café. Nadie tomó asiento.
El abogado habló primero.
—La boda se cancela.
Así. Directo.
Sin rodeos.
Miré a Nadia.
Ella seguía observando el suelo.
—No pueden cancelar la boda —dije.
Entonces el desconocido dio dos pasos al frente.
Traía un sobre en la mano.
—Este es el motivo.
Sacó varias fotografías y las dejó sobre la mesa.
Hotel Al Sama.
Piso treinta y nueve.
Mi entrada al hotel.
La organizadora de bodas entrando conmigo al elevador.
Ella saliendo al amanecer.
Después vino el informe del investigador privado confirmando que había pasado la noche anterior a mi boda con una mujer desconocida en el Hotel Al Sama.
Silencio.
La alianza acababa de romperse frente a mis ojos.
—No voy a permitir que el honor de mi hija se vea ensuciado por un hombre como Zayed Al Rashid —escupió el padre de Nadia.
Mi padre levantó apenas la barbilla.
—Teníamos un trato, Al Farhan.
—Teníamos un trato y tu hijo lo rompió.
Nadia no me miró en ningún momento. Ni una sola vez.
Hasta que su padre terminó de hablar.
Entonces levantó la vista. Sus ojos estaban rojos.
—Lo siento, Zayed —dijo en voz baja—. Yo no quería...
—Nadia. —La voz de su padre cortó el aire—. Nos vamos.

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