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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 72

MARIANA

Las cámaras se encendieron y yo tomé la mano de Zayed.

No hizo falta que nadie me lo indicara. Solo lo hice. Y él entrelazó sus dedos con los míos.

—Bienvenidos. —La entrevistadora, una mujer de sonrisa afilada, cruzó las piernas—. Y felicidades. Son, sin duda, la pareja más comentada de Dubái. El jeque y la mexicana. Todo un cuento de hadas. —Su tono se endulzó, que con esa clase de gente siempre es la señal de que viene el cuchillo—. Aunque… un cuento con un inicio bastante peculiar, ¿no? Corríjanme si me equivoco: usted, Zayed, dejó a Nadia Al Farhan a pocas horas de su boda. Una boda que, precisamente, organizaba Mariana. —Ladeó la cabeza—. Hay quien diría que eso no es un cuento de hadas. Que es un escándalo.

Sentí la mano de Zayed apretar la mía.

—Le voy a decir algo. —Miró a la cámara, después a la entrevistadora—. Cuando un hombre se enamora de verdad, lo sabe. No lo elige, no lo agenda, no lo consulta con su padre. Lo sabe. Y yo lo supe. —Se volvió hacia mí, y algo en su mirada me hizo olvidar por un segundo que había cámaras—. Mariana y yo nos conocíamos desde hacía meses, por la organización de esa boda. Y cuando la tuve cerca, aquí, en Dubái, entendí la verdad más simple del mundo: que no podía dejarla ir. Que si la dejaba volver a México, iba a perder lo único real que me había pasado en la vida. Elegí el amor verdadero. Y lo volvería a elegir mil veces, aunque fuera un escándalo mil veces.

Me quedé mirándolo. Buscándole la actuación en la cara, como me había pedido Gabi. Buscando el truco, el ensayo, el guion.

No lo encontré.

—Qué romántico. —La entrevistadora se volvió hacia mí, con esa sonrisa de víbora—. ¿Y usted, Mariana? ¿Cuándo supo que estaba enamorada?

—Me bastó una noche en Dubái. —Lo dije mirando a Zayed, y era más verdad de lo que ella podría imaginar—. Una sola. Para saber que mi vida ya no iba a ser la misma.

—Ternurísimo. —Entrecerró los ojos—. Aunque, seamos honestas entre mujeres… con los millones del jeque, con esta casa, con esta vida, cualquiera se enamora rapidísimo, ¿no cree? No la juzgo. Yo también me enamoraría.

Ahí estaba. El cuchillo, por fin de frente.

Le sostuve la mirada y sonreí, dulce como el veneno.

—Yo no necesito que Zayed tenga millones. —Mi voz salió serena, letal—. Yo tengo mi propio dinero. Soy dueña de mi empresa, una que levanté con mis manos, desde abajo, sin la ayuda de ningún hombre. Trabajo, y trabajo bien. —Levanté la barbilla—. Así que si buscaba una interesada, se equivocó de mujer. A mí no me deslumbran los millones de nadie. A mí me enamoró el hombre. Ese. No su cuenta de banco.

La entrevistadora perdió la sonrisa un segundo. Zayed, a mi lado, no.

Siguió intentándolo. Toda la entrevista fue lo mismo: preguntas con doble filo, insinuaciones de que yo era una cazafortunas, una arribista, una rompehogares que le arruinó la boda a la pobre Nadia. Cada pregunta, una trampa para dejarme mal.

Y cada vez, uno de los dos la desarmaba.

Yo me defendía sola, con uñas y dientes, porque así soy. Pero lo nuevo, lo que me desarmó a mí más que cualquier pregunta, fue que Zayed también me defendía. Sin que yo se lo pidiera.

—Hablando de eso. —La entrevistadora jugó su última carta—. La niña. Valentina. Hay una demanda de custodia de por medio, un padre biológico… ¿Qué papel juega usted en la vida de esa niña, jeque? ¿No es todo esto un poco… complicado para una criatura?

Zayed se quedó callado un momento. Y cuando habló, ya no había estrategia en su voz. Había otra cosa.

—Esa niña —dijo despacio— llegó a mi vida sin que yo la buscara. Y hoy no concibo mi vida sin ella. Valentina ya es mi hija. No por sangre, no por un papel. Por algo más grande que eso. La amo como se ama a una hija. Y cualquiera que intente hacerle daño, o arrancarla de su madre, va a descubrir de lo que soy capaz. —Miró a Valentina y después a la cámara—. Esa es toda la respuesta que voy a dar sobre mi hija.

Se me llenaron los ojos. Tuve que parpadear rápido para que no se me arruinara el maquillaje frente a las cámaras. Valentina abrazó a Zayed y fue suficiente para mí.

—Damos por terminada la entrevista —dijo Zayed, poniéndose de pie—. Fue suficiente.

—Solo faltan las fotos. —El fotógrafo nos llevó al jardín—. Para la portada y las redes.

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