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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 74

MARIANA

El beso lo cambió todo.

Ya no era el del jardín, medido, con una cámara esperando. Ya no era el de la tormenta, interrumpido por un trueno. Este era un beso sin público, sin guion, sin fecha, sin miedo. Un beso que llevábamos meses debiéndonos y que por fin nos estábamos pagando, entero, con intereses.

Zayed me sostuvo la cara con las dos manos como si yo fuera algo que llevara mucho tiempo queriendo tocar y no se hubiera permitido. Yo me aferré a las solapas de su camisa, y después a él, y después ya no supe dónde terminaba yo y dónde empezaba él. Su boca se abrió sobre la mía, hambrienta, y yo le respondí con la misma hambre, con meses de deseo contenido saliéndoseme por la piel.

Retrocedimos entre las velas. El aroma de los azahares nos envolvía. Sentí el borde de la cama contra las piernas y me detuve, con la frente contra la suya, los dos respirando fuerte.

—Espera —murmuré—. Espera.

Zayed se detuvo al instante, aunque le costó, aunque lo sentí temblar por el esfuerzo de contenerse.

—¿Estás segura? —Su voz salió ronca, quebrada de deseo pero suave—. Dime que sí o dime que no, Mariana. Lo que me digas, lo respeto. Pero necesito oírlo de tu boca.

Y ese gesto —que se detuviera con el cuerpo entero pidiéndome lo contrario, que preguntara, que me dejara elegir— fue lo que terminó de encenderme.

—La primera vez que estuvimos aquí —dije, tomándole yo ahora la cara— no supe que eras tú. Eras un desconocido en la oscuridad. Un error que quise olvidar. —Le acaricié la mandíbula, la garganta, el borde del cuello de la camisa—. Esta vez sé exactamente quién eres. Y quiero que lo sepas tú también: que soy yo. Que estoy aquí porque quiero. Por ti. Solo por ti.

Algo se le rompió en la cara. Algo hermoso y peligroso a la vez.

—Por ti —repitió, como un juramento.

Y ya no hubo más palabras.

Me besó como si quisiera memorizarme. La boca, el mentón, la línea del cuello, ese punto detrás de la oreja que me arrancó un suspiro que no supe que tenía guardado. Sus manos bajaron por mi espalda hasta encontrar el cierre del vestido, y lo deslizó despacio, sin prisa, saboreando cada centímetro de piel que iba quedando descubierto bajo sus dedos.

El vestido cayó al suelo entre las flores.

Zayed se apartó apenas, solo lo suficiente para mirarme, y en esa mirada, a la luz temblorosa de las velas, me sentí más desnuda por sus ojos que por la falta de ropa. No había frialdad en ellos. No quedaba nada del bloque de hielo. Había fuego. Había un deseo tan crudo y tan tierno al mismo tiempo que me dejó sin aire.

—Eres… —Tragó, como si le costara hablar—. No tienes idea de lo que me haces.

Le desabroché la camisa con manos temblorosas, y él me las sostuvo, me besó cada dedo, y después dejó que se la quitara. Cuando por fin sentí su piel contra la mía —ese primer roce de calor, de pecho contra pecho, de piel desnuda contra piel desnuda— los dos nos quedamos quietos un instante, como si el contacto quemara. Como si lleváramos meses esperando exactamente eso.

Me tumbó sobre la cama despacio, cubriéndome con su cuerpo, y el peso de él encima de mí, el calor, el aroma de su piel mezclado con el azahar, me hizo arquearme hacia él sin pensarlo.

Sus labios bajaron por mi cuello, por mi clavícula, dejando un rastro de fuego que me hacía temblar. Yo le hundí las manos en el cabello, le clavé los dedos en la espalda, murmuré su nombre entre jadeos. Cada beso suyo me deshacía un poco más. Cada caricia borraba un año de defensas, de soledad, de dormir abrazada a mi propio miedo.

—Zayed. —Apenas me salió la voz—. No pares.

—No voy a parar. —Me buscó la boca otra vez, ronco, agitado—. No esta noche. Esta noche eres mía. Toda mía.

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