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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 75

MARIANA

Desperté con el sol filtrándose entre las cortinas y el brazo de Zayed alrededor de mi cintura.

Por un momento glorioso, antes de que la realidad me alcanzara, fui completamente feliz. Su respiración en mi nuca. El calor de su cuerpo pegado al mío. Las velas ya consumidas, los azahares marchitos en los jarrones, y la certeza, todavía tibia, de la noche más hermosa de mi vida.

—Buenos días —murmuró contra mi hombro, medio dormido, y me apretó más contra él.

—Buenos días. —Sonreí como una tonta, sin poder evitarlo.

No hablamos mucho. No hacía falta. Nos quedamos ahí un rato largo, enredados, robándole minutos al amanecer, hasta que el mundo real empezó a tocar la puerta en forma de mensajes en su teléfono y compromisos que no se iban a ir solos.

Volvimos a la casa a media mañana. Juntos. Con las manos rozándose en el asiento del auto, con esa sonrisa boba que compartíamos sin decir nada, con la sensación de que algo, por fin, había cambiado entre nosotros para siempre.

Duró exactamente hasta que crucé la puerta del palacio.

Estaba en la sala.

Aaliyah.

Sentada con las piernas cruzadas, elegante, impecable, tomando té como si fuera la dueña del lugar. Y a su lado, sonriendo con esa satisfacción de coleccionista, Mansour.

Se me borró la sonrisa de golpe.

—Ah, hijo. —Mansour se levantó al vernos entrar—. Llegas justo a tiempo. Aaliyah nos honra con su visita esta mañana. La invité yo. Tenemos asuntos importantes que tratar. —Se volvió hacia Zayed, ignorándome por completo, como si yo fuera parte del mobiliario—. Necesito hablar contigo. En mi estudio. Ahora. Es urgente.

—Padre, acabo de llegar, ¿puede espe—?

—No puede esperar. —Mansour ya caminaba hacia el estudio—. Aaliyah, acompáñanos, por favor. Esto también te concierne.

Y así, sin más, los tres se metieron al estudio.

Mansour. Zayed. Y Aaliyah.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Y yo me quedé ahí, plantada en el recibidor, con la ropa de anoche todavía puesta y el perfume de azahar todavía en la piel, mirando una puerta cerrada del otro lado de la cual mi marido, su padre y su futura esposa hablaban de "asuntos importantes que también le concernían a ella".

A ella. No a mí. A ella.

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