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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 839

—¿Y si te digo que sí?

Rafaela se quedó pasmada un momento, pero al mirarlo, soltó como si fuera una broma:

—Todo lo que te acabo de decir es mentira. ¿Cómo puedes ser tan ingenuo?

Alonso tomó su mano por primera vez. Su palma era cálida y suave, nada áspera, y al sentir su contacto, una calidez la envolvió.

—Entonces miénteme siempre, pero quédate a mi lado.

Al notar la determinación en su mirada, los ojos de Rafaela temblaron levemente y bajó la vista, ocultando su expresión en las sombras. Mirando su mano atrapada en la de él, parecía aceptar el contacto sin rechazo.

—Aún no me he divorciado. Por un accidente perdí a tres hijos, y tal vez nunca pueda volver a tener los míos propios. Sabes que tengo una enfermedad cardíaca, no sé cuánto tiempo voy a vivir.

—Aunque a ti no te importe, la familia Cruz jamás permitiría que estuviéramos juntos.

Cuando se rompió el compromiso entre las dos familias, los Cruz le dieron mucho respeto a los Jara. Su padre sabía que Rafaela no estaba hecha para vivir limitada por reglas estrictas, y además, su salud... Por eso, cuando su padre fue a cancelar el compromiso pactado desde niños, la familia Cruz no objetó nada y hasta ofreció muchas compensaciones.

—Ya te lo dije antes.

—Yo... no te merezco.

—Si tú... estás dispuesta, no tienes que hacer nada. De lo que sigue, déjame encargarme a mí.

Que alguien en su posición bajara la cabeza así, y más tratándose de Alonso, el inalcanzable, conmovería a cualquiera. Para ella, Alonso era, sin duda, la mejor opción.

Rafaela hizo fuerza poco a poco y retiró su mano de la de él.

—Lo siento, no puedo aceptar.

En su vida anterior no llegó a los cuarenta. Si en esta no podía escapar de su destino, aunque estuvieran juntos, cuando ella muriera, él sufriría. Y luego... él tendría décadas por delante para encontrar a alguien mejor que ella.

La noche era negra como boca de lobo.

Nevaba fuerte. En poco tiempo, el suelo se cubrió con una capa blanca.

Las pisadas dejaban huellas profundas.

—Fabio, ¿crees que Rafaela acepte estar con mi hermano?

A las nueve y media de la noche, Maritza y Fabio caminaban de la mano de regreso a la villa Casa Delicias del Sol. Maritza llevaba una mano tomada y con la otra atrapaba copos de nieve, que se derretían al instante en su palma caliente.

—Aunque no acepte, al menos él ya lo dijo. Hay cosas que... si no se dicen, nunca hay oportunidad —dijo Fabio mirando las luces encendidas a lo lejos. Se detuvo, quedaron frente a frente, y le sacudió la nieve de la cabeza con cariño—. Cuando entres, fíjate en la cara de tu hermano. No preguntes luego. Si te regaña, es que no quedaron juntos. En ese caso... pide perdón y vete a tu cuarto, no te quedes ahí molestándolo.

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