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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 843

Cuando el efecto del sedante pasó y Rafaela despertó, lo primero que vio fue el Salón Diamante y un candelabro de cristal estilo francés colgando del techo. Su mente se quedó en blanco por un segundo, incapaz de procesar dónde estaba. Sus largas pestañas temblaron y, de repente, las imágenes le golpearon la memoria.

¿No estaba en el centro comercial comprando regalos para su papá?

Esto… ¿por qué se parecía tanto al hotel antiguo en Francia donde se había quedado antes?

Rafaela se sentó en la cama, aventó las cobijas y caminó hacia la ventana. Al abrir las cortinas, el corazón le dio un vuelco. Esto es…

Afuera caía una nevada intensa. Bajo la luz de la luna, la nieve brillaba como plata, cubriendo el suelo con una capa gruesa. Enfrente, reconoció de inmediato la arquitectura del hotel donde se había hospedado la última vez.

¡¿Cómo rayos había regresado aquí?!

¡Es una locura!

Negándose a creerlo, Rafaela corrió descalza hacia la puerta e intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Por más que forzó la chapa, no abrió. Golpeó la madera con fuerza.

—¡Abran! ¡Abran la puerta!

—¡¿Saben quién soy?! ¡El secuestro es un delito, imbéciles!

Los golpes resonaban, pero los de afuera actuaban como si fueran sordos. Nadie le respondió.

Se obligó a calmarse. La única persona capaz de hacer algo así y traerla hasta acá era Saúl. Rafaela no podía pensar en nadie más. ¡Qué querría ese viejo desgraciado secuestrándola!

Escuchó pasos apresurados en el pasillo, como si algo urgente estuviera pasando.

El guardaespaldas que vigilaba la puerta le informó a Mauricio.

—La señora parece que ya despertó. Estaba golpeando la puerta, se oye muy enojada.

Rafaela se sentía secuestrada, pero al mismo tiempo no. Cuando vio entrar a una empleada con un carrito de comida, intentó escapar, pero los guardaespaldas en la puerta le bloquearon el paso.

—Señorita Rafaela, es un placer servirle. Aquí está su cena.

Rafaela se sentó en el sofá, cruzada de brazos, furiosa.

—¡Lárgate, no voy a comer! Quién sabe si le pusieron droga otra vez. A todo esto… ¿dónde está mi celular?

La empleada respondió en un francés fluido y respetuoso:

—Lo siento, señorita Rafaela, su celular se quedó en Tierra Dorada. Ya mandamos a alguien a buscarlo.

Rafaela casi se ríe de la rabia. Cuando volvió de Francia, traía sus identificaciones y pasaporte en la bolsa… Ahora estaba aquí, secuestrada, sin teléfono, sin un peso y sin documentos. ¿Básicamente le estaban diciendo que ni intentara huir?

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