El medicamento era un anestésico de uso clínico que no causaba efectos secundarios. Raquel solo le había puesto un poco en el agua para que durmiera un rato.
Fueron ocho horas de vuelo.
A las diez de la noche, hora de Francia, un avión privado de líneas elegantes y brillo metálico descendió lentamente hacia la pista del aeropuerto. Los motores rugieron hasta que las ruedas tocaron el suelo y la nave se detuvo suavemente en su posición designada.
Una caravana de docenas de carros de lujo estaba alineada perfectamente, cada uno emanando un aura de poder y dinero.
La escalerilla bajó lentamente hasta tocar el suelo.
—Joven, su pierna… —Mauricio miró con preocupación al hombre vestido con un traje a la medida, cuyos pantalones ocultaban las heridas de la pierna.
—No importa. —Liberto caminó con paso firme y decidido, aguantándose un dolor insoportable, manteniendo la postura. Subió la escalerilla, y cada paso resonaba en la tensión de todos los presentes. Su presencia imponía respeto natural.
Mauricio lo siguió de cerca, listo para reaccionar ante cualquier imprevisto.
Raquel, al ver aparecer a su hermano, se quedó en shock y llena de preocupación.
—¡Hermano! Tus heridas no han sanado, ¿cómo se te ocurre salir del hospital? El doctor dijo que necesitas reposo absoluto, si sigues así, no te vas a recuperar nunca.
—Rafaela… todavía no despierta.
—¡Pero hermano! —Antes de que Raquel pudiera terminar, Liberto ya había pasado de largo hacia la cabina. Mauricio detuvo a Raquel para que no lo siguiera.
—Señorita Raquel, por favor deje que el joven se quede un momento a solas con la señora.
—Solo me preocupan sus heridas.
—El joven sabe lo que hace.
«¡Mi hermano está loco!», pensó Raquel.
Hacienda Santa Clara.
Pisando la nieve suave, Liberto la llevó en brazos hasta la mansión. Subió a la habitación que llevaban tiempo preparando, la acostó en la cama, le quitó los zapatos de tacón y la cubrió con las cobijas. La cama estaba calientita.
Una empleada le pasó una bolsa de agua caliente. Liberto la tomó y la colocó en las manos de Rafaela. Ahora… solo quedaba esperar a que despertara.
Al terminar, el hombre parecía haber llegado a su límite.
El dolor era tan intenso que casi no podía mantenerse en pie. Justo cuando estaba a punto de colapsar, Mauricio se dio cuenta y llamó de inmediato al equipo médico.
Las empleadas se arrodillaron para limpiar las gotas de sangre del suelo con trapos, asegurándose de no dejar rastro. Todos corrían de un lado a otro, encendiendo el sistema de ventilación para sacar el olor a sangre, prendiendo incienso relajante y colocándolo en rincones discretos. La habitación era enorme, de unos trescientos metros cuadrados, incluyendo un vestidor que ocupaba un tercio del espacio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...