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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 850

—¡Joven!

La mansión no contaba con el equipo necesario para una cirugía mayor, así que Mauricio tuvo que llamar a una ambulancia de emergencia.

Rafaela no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

La luz del amanecer se filtraba a través de las pesadas cortinas.

Miró la hora y se sorprendió al ver que había dormido hasta las diez de la mañana. Se sentó en la cama, aventó las cobijas y bajó los pies descalzos al suelo. La alfombra era tan suave que no sintió ni una pizca de frío.

Además, Rafaela notó que no solo era su cuarto; todo el pasillo y la sala principal estaban cubiertos con alfombras persas de la mejor calidad. Al salir de la habitación, vio que la puerta estaba abierta de par en par y los guardaespaldas ya no estaban.

Intentó caminar por el pasillo. Estaba vacío, decorado al estilo europeo antiguo, con pinturas de grandes maestros colgadas en las paredes.

Cuando bajó las escaleras, vio a una veintena de empleados yendo y viniendo, ocupadísimos. Era la primera vez que veía bien la planta baja. Rafaela no sabía qué tan grande era esa propiedad; solo la sala parecía no tener fin. Ella pensaba que su casa en Bosques de Marfil era lujosa, pero esto valía por quince de esas.

—Señorita Rafaela, ¿ya despertó?

Una empleada la vio bajar y, sin que Rafaela tuviera que decir nada, le puso las pantuflas a los pies. Rafaela se las puso.

—¿Dónde está el dueño de la casa?

—El patrón no está.

—Si necesita algo, solo díganos.

Rafaela miró a todos desde las escaleras. Al verla, parecían tenerle miedo; todos dejaron de hacer lo que hacían, se pararon a los lados con las manos juntas y bajaron la cabeza, como esperando órdenes. ¡Ni que fuera un ogro!

—Nada, sigan en lo suyo.

—¿Cómo está mi hermano?

El médico se quitó el cubrebocas:

—La situación del Señor Liberto es delicada. Debería estar en cama recuperándose, no caminando por ahí. Los fijadores mecánicos de su pierna necesitan ser reforzados. Cuando despierte, va a sentir un dolor muy intenso. Si quiere volver a caminar normal, por favor, señorita Raquel, asegúrese de que el Señor Liberto siga las instrucciones médicas al pie de la letra.

—Está bien… entendido.

Raquel tenía los ojos llenos de preocupación. Se cubrió la cara con las manos.

—Ay, mi hermano es un terco. ¿Por qué no puede hablar las cosas bien con mi cuñada en lugar de lastimarse así?

—Mauricio, ya no podemos seguir ocultando lo de mi hermano —dijo Raquel al ver el estado en que se encontraba—. Tengo un mal presentimiento.

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