—Mire, señorita, no soy una persona irracional, ni vine con la intención de armar un escándalo en su universidad. Pero mi sobrina y esta descarada nos robaron. En cuanto nos devuelvan el dinero, nos largamos de inmediato.
—¿Ah, sí? ¿Y de cuánto estamos hablando? —preguntó Rafaela.
—Entre una cosa y otra, deben ser unos ochocientos mil —respondió Sandra.
Un hombre de mediana edad que estaba a su lado, y que tartamudeaba un poco, se apresuró a corregirla.
—No, no, no... es mucho m-más. Si sumamos lo de t-todo el p-pueblo... son o-ocho...
Sandra lo empujó con fastidio, interrumpiéndolo de golpe.
—Más de ocho millones.
—¡No puede ser! ¡Ocho millones!
—¡¿Acaso Cristina y las demás perdieron la cabeza?!
—Sí, ¿cómo se atreven a estafar a la gente con tanto dinero? Con razón estas personas se volvieron locas y vinieron hasta la universidad a hacer destrozos.
Otra mujer, que tenía un rostro amable y cansado, intervino.
—Hace un tiempo, Cristina nos dijo que tenía un proyecto que haría rico a todo el pueblo. Al principio... sí nos repartió algo de dinero. Pero luego nos pidió de golpe ocho millones. Como habíamos visto ganancias, confiamos ciegamente. Nos juntamos con los pueblos vecinos y reunimos toda la plata.
—Pero ya pasaron casi seis meses y ni rastro de las ganancias. Hace poco nos salieron con el cuento de que hubo pérdidas y que el dinero se esfumó. ¡Nos estafaron, nos robaron nuestros ahorros!
—¡Y pensar que somos familia! ¡Compartimos la misma sangre! ¡¿Cómo pudieron robarle a su propia gente?!
—Yo... yo solo quería recuperar un poco de dinero para poder pagarle la universidad a mi hijo.
Rafaela alzó una ceja. Se inclinó y miró con burla a Cristina, que seguía tirada en el suelo, magullada por la paliza.
Después de dar sus órdenes, Rafaela se dio la vuelta para marcharse. Sin embargo, al ver a Penélope a un lado, detuvo sus pasos. Con un tono de voz tan bajo que solo ellas dos podían escuchar, le dijo:
—Liberto también vino. Si quieres, ve a rogarle a tu querido señor Liberto. Solo tienes que derramar un par de lágrimas frente a él; deshacerse de esta gente no le costará más que una orden.
—Raúl puede ser muy bueno, pero lo que él puede ofrecerte no es ni una diezmilésima parte de lo que Liberto puede darte.
Los ojos de Penélope se llenaron de lágrimas. Se veía tan frágil como una pequeña flor marchita azotada por la lluvia, a punto de desmoronarse, como si fuera a morir en cualquier segundo.
—¡Rafaela! Te lo diré una vez más, no tengo absolutamente nada que ver con el señor Liberto. ¡Por favor... deja de inventar cosas! ¡Pase lo que pase, él y yo no tenemos nada que ver!
—¿Ya terminaron de platicar?
Al escuchar esa voz profunda, Rafaela volteó y vio a Liberto acercándose a ella con una mano metida casualmente en el bolsillo.
—¿Vino el señor Liberto a rescatar a su exnovia? —soltó Rafaela con una sonrisa, disfrutando del drama.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...