Al sentir el ardor en su mejilla, el hombre abrió los ojos. Su mirada profunda y somnolienta reflejaba cierta resignación al ver a Rafaela enojada sin razón aparente.
Liberto no se molestó; no era la primera ni la segunda vez que se ganaba un golpe de la nada. Inhaló profundamente, la atrajo hacia su pecho y hundió el rostro en su cuello. El delicado aroma de su champú inundó sus sentidos. Con la voz ronca por el sueño, murmuró:
—¿Qué pasa?
Rafaela lanzó su interrogatorio de inmediato:
—Te lo pregunto en serio, ¿tú crees que Penélope está fingiendo o no?
Un silencio prolongado fue su única respuesta.
—¡Liberto Padilla, te estoy hablando! —Rafaela ya sonaba verdaderamente irritada.
Liberto suspiró. —El tiempo revela el corazón de las personas. Quien se esconde en las sombras, tarde o temprano sale a tomar aire.
—La señora Padilla... no tiene de qué preocuparse.
O sea... con eso quería decir que él también quería ver si las sospechas de Rafaela eran ciertas.
—Liberto, ¿es que los hombres son estúpidos cuando se trata de ese tipo de mujeres? Basta con que les hablen suavecito y pongan cara de pena para que los manejen a su antojo. ¿Todos se vuelven ciegos y sordos ante las mosquitas muertas?
El poco sueño que le quedaba a Liberto desapareció por completo.
Levantó a Rafaela en brazos de un solo movimiento.
—Es hora de irnos, señora Padilla. —La sostuvo con un brazo, y con el otro tomó su saco del sofá.
—¿Crees que huir te servirá de algo?
—Ándale, cuéntame, ¿qué se siente estar con ella?
—Tantos años juntos, ¿de verdad nunca sentiste nada por ella?
No importaba cuánto lo provocara Rafaela, Liberto no soltó una palabra. Siempre hacía lo mismo; frente a ese tema, se hacía el muerto. Poco a poco, ella también perdió la paciencia y dejó de insistir.
Rafaela solo sonrió, sin darle mucha importancia. Creyó que solo lo decía para contentarla.
En su vida pasada, ni siquiera llegó a cumplir los cuarenta.
¿Y él?
En la vida pasada... ¿habría envejecido al lado de Penélope?
Eran casi las diez de la noche. Joaquín había salido temprano por orden de Liberto. En el asiento del conductor, Liberto se inclinó para abrocharle el cinturón de seguridad a Rafaela. Cuando salieron del estacionamiento subterráneo, la nevada había empeorado.
—En unos días, iré a Luminara.
—Sí, lo sé. Tengo mi agenda libre para la próxima semana, puedo reprogramar todo para estar en Luminara todo el tiempo que necesites. —Liberto no lo pensó ni un segundo y no le dio oportunidad de negarse.
—No me voy a mudar allá, solo iré un día. No tienes por qué seguirme como perro guardián.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...