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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 960

Liberto sostenía el volante con una mano y, con la otra, le tomó la mano a Rafaela. Sus ojos no se apartaron del camino.

—No estoy tranquilo dejándote ir sola.

—No afectará en nada a la empresa. Aprovecharé para supervisar la sucursal que tenemos allá en Luminara.

—Haz lo que quieras —replicó Rafaela.

Rafaela no solía invertir tiempo en analizar a la gente, y mucho menos se dedicaba a juzgarlos con malicia, a excepción de Penélope. Antes solo pensaba que era una completa hipócrita; de la boca para afuera decía que no le interesaba Liberto, pero cada uno de sus movimientos era un perfecto juego de seducción. ¿De verdad Liberto era tan estúpido para no verlo, o solo se hacía el ciego?

Penélope tenía un novio de toda la vida, ¿acaso Liberto no lo sabía?

Por más déspota que fuera él, nunca se rebajaría a robarle la mujer a otro hombre.

Todo parecía un rompecabezas al que le faltaban piezas. A menos que Liberto se hubiera enamorado de Penélope a primera vista, Rafaela no entendía por qué la trataba tan bien.

Pero cada vez que intentaba sacar el tema de Penélope, el muy infeliz fingía demencia.

Liberto salió del baño secándose el cabello con una toalla. Al levantar la mirada, sus ojos oscuros se toparon con los de Rafaela, que lo observaba con un gesto de total rechazo y hasta un toque de asco.

Liberto pensó que, si no aclaraba las cosas de frente, ella jamás lo dejaría en paz.

—Si me secas el cabello, señora Padilla, te responderé tres preguntas.

Apenas soltó la propuesta, Rafaela aventó las cobijas y gateó hasta la orilla de la cama. Liberto se acercó y le puso las pantuflas.

Rafaela jaló la silla del tocador y alzó una ceja, señalándole con la mirada.

—Tome asiento, señor presidente.

Liberto se sorprendió. Ella nunca se rebajaba a hacer cosas para atender a los demás. Rafaela sacó la secadora, ajustó la temperatura y comenzó a secarle el cabello.

—Pregunta —dijo Liberto.

El silencio llenó la habitación durante un largo rato.

—Sí, pero no necesitas saberlo. Es por tu propio bien.

El corazón de Rafaela se encogió. —¿Tiene que ver con la empresa?

Liberto la miró a través del espejo. Las emociones de Rafaela, fueran buenas o malas, siempre se reflejaban en su rostro.

—Sí.

—Entonces... ¿mi papá lo sabe?

—Lo sabe.

—De acuerdo, te doy permiso de no decírmelo. Hay cosas que... es mejor no saberlas, arruinan mi estado de ánimo.

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