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Vine a hacer que se arrepientan romance Capítulo 2

Pero ahora...

Iba a vivir para sí misma.

La voz al otro lado de la línea sonó gratamente sorprendida:

—¿Cree que podría incorporarse en un mes, señorita Lemus?

—Sí, sin problema.

—Perfecto. Le enviaremos la carta de invitación oficial en los próximos días. Bienvenida a Vitalis, señorita Lemus.

Tras colgar, Laia se tomó un momento para calmarse.

En un mes, todo lo que dejaba atrás dejaría de importarle.

***

Ya había anochecido cuando por fin llegó a la mansión Lemus.

Al instante en que abrió la puerta, una fina taza de cerámica voló directo hacia ella, golpeándola de lleno en la frente. El impacto le dejó un moretón de inmediato.

Laia dio un traspié, a punto de caerse.

Enseguida, escuchó una voz cargada de ira.

—¡No entiendo cómo puedo tener una hermana tan víbora!

Su medio hermano, Darío Lemus, se acercó furioso y levantó la mano para darle una bofetada.

—¡Con tal de competir con Camelia por un poco de atención, no te importa poner en riesgo la vida de los demás! ¡A ver si te enteras: hoy hubo una explosión en el laboratorio y Camelia y yo casi nos morimos ahí dentro!

El golpe le giró la cara de lado y le dejó un zumbido agudo en los oídos.

Al escuchar eso, se quedó pasmada un instante. Con la garganta seca, logró articular una respuesta.

—Te advertí que las proporciones en tu nuevo experimento eran peligrosas. Te dije que no podía haber ni el más mínimo margen de error, o habría riesgo de explosión. Pero no me hiciste caso.

En su momento, Laia había intentado convencerlo con argumentos sólidos, pero Camelia había pasado por ahí y, con su tono dulce, había dicho: «Yo creo que tu experimento está perfecto».

—¡Entiéndelo de una vez, no le llegas a Camelia ni a los talones! —espetó Darío.

Entrecerró los ojos y se dirigió a los empleados con frialdad:

—¡Enciérrenla en su cuarto! ¡Y que nadie la deje salir sin mi permiso!

Al escuchar esa orden, el rostro ya pálido de Laia perdió el poco color que le quedaba.

Cuando recién había regresado del pueblo, Darío la trataba con cariño y se preocupaba por ella.

Pero en cuanto Camelia volvió, Laia pasó a ser la villana del cuento.

A pesar de que ella y Darío compartían la misma sangre, él siempre defendía a Camelia, con la que había crecido.

Bastaba con que ella molestara un poco a Camelia para que Darío, sin siquiera preguntar qué había pasado, la encerrara para castigarla.

La puerta se cerró de golpe frente a ella. Con la mirada ensombrecida, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.

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