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Vine a hacer que se arrepientan romance Capítulo 3

Aunque ya no estaba en el cuarto frío, Laia seguía sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos.

Poco a poco, la cabeza le empezó a pesar y su consciencia se nubló. Se envolvió en las cobijas y cayó profundamente dormida.-

No supo cuánto tiempo pasó, pero un chorro de agua helada la arrancó de sus sueños.

Soltó un grito ahogado.

Con todo y cobijas, Laia acabó empapada y empezó a temblar sin control.

El terror de la noche anterior en el congelador regresó de golpe. Se encogió sobre sí misma y, con las pestañas temblorosas, miró hacia el borde de la cama.

Ahí estaba Darío, mirándola con furia.

—¡Y todavía tienes el descaro de estar durmiendo!

Sin darle tiempo a responder, la sacó a tirones de la cama y le gritó:

—Camelia venía a traerte de comer y se tropezó en la puerta. Se cortó la pierna. Ya sabes que sufre de anemia, así que acompáñame al hospital, le vas a donar sangre.

Su actitud fue tan agresiva que Laia ni siquiera pudo abrir la boca para defenderse.

Incluso cuando la sentaron a la fuerza en la silla del hospital, seguía aturdida.

—Sáquele la sangre —ordenó Darío con frialdad.

Laia tenía los labios pálidos. Haber pasado la noche a temperaturas bajo cero la había dejado muy débil; si encima le sacaban varios cientos de mililitros de sangre...

Quiso protestar, pero Darío le sujetó los hombros con fuerza para inmovilizarla.

A medida que la sangre llenaba las bolsas, Laia sentía que se iba a desmayar en cualquier momento.

—Ya van cuatrocientos mililitros —indicó la enfermera, haciendo el ademán de retirar la aguja.

Pero Darío la detuvo de tajo:

—Sáquele otros doscientos. A ver si así escarmienta.

Por instinto, la enfermera quiso intervenir.

Cualquier persona sana que dona cuatrocientos mililitros necesita descansar varios días, y esa señorita, para empezar, se veía pésimo...

—Aunque te entiendo —continuó Camelia, disfrutando de verla tan demacrada, con una sonrisa triunfal en los labios—. Por mi culpa, la gente que más te importa te detesta.

»A Izan le donaste médula y te rompiste una pierna por él, y ni así se digna a mirarte. E incluso tus tres hermanos de sangre solo tienen ojos para mí.

»Eres un fracaso, Laia. Si yo fuera tú, ya me habría tirado de un puente.

Al oír eso, Laia apretó los puños con tanta fuerza que casi se entierra las uñas en la piel.

—Pues muérete —respondió con un tono apagado, pero directo.

—¡¿Qué te pasa?! —Camelia no se esperaba que aquella mosca muerta le contestara. La ira le subió a la cabeza de golpe.

Iba a soltarle un insulto, pero de reojo notó que una silueta conocida se acercaba por el pasillo...

A Camelia se le iluminó la mirada y, soltando un gritito dramático, se dejó caer al suelo.

Cuando levantó la vista, ya tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de desbordarse.

—¡Perdóname, Laia! Fue mi culpa por haberme tropezado, no debí dejar que me donaras sangre por mi anemia. Te juro que solo quería darte las gracias, nunca imaginé que me odiaras tanto...

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