Antes de que Alberto Fajardo y Úrsula Salazar se fueran, Zulema Nieto se preparaba para volver a su oficina cuando, de repente, escuchó sonar el celular de Úrsula.
El pasillo estaba en silencio y Zulema no estaba muy lejos, por lo que alcanzó a distinguir un par de palabras.
—¿Maestra Sofía? ¿Qué pasó con Mila?
Los pasos de Zulema se detuvieron un instante. Su mirada se desvió instintivamente hacia esa dirección, pero la apartó casi de inmediato.
Si Milagros no quería verla, ella tampoco tenía por qué tomar la iniciativa de ir a buscarla. Antes, habría sido capaz de llamar a la escuela tres veces al día por la ansiedad, pero ahora sentía que todo eso ya no importaba.
Milagros tenía a Alberto y a Úrsula; no le hacía falta ella. Lo único que le quedaba por su hija era el sentido de la responsabilidad, y fuera de eso, no habría absolutamente nada más.
...
En la escuela, ya había llegado la hora del almuerzo.
Milagros estaba sentada en su sillita, con la barbilla apoyada en ambas manos, sin apartar los ojos de la puerta.
Los demás niños ya habían sido llevados por las maestras a lavarse las manos para comer, pero ella no se movió. La Maestra Sofía se acercó y se agachó para mirarla.
—Mila, ¿por qué no vas a lavarte las manos?
Milagros levantó la cabeza y parpadeó.
—Maestra Sofía, ¿la señorita Ursi le dijo a qué hora vendría por mí?
La maestra sonrió con ternura.
—Tu señorita Ursi acaba de llamar, dijo que vendría por ti este mediodía. ¿Puedes esperarla un ratito más, Mila?
Milagros asintió, pero su expresión seguía siendo de evidente impaciencia.
Veía cómo los padres recogían a los demás niños, uno por uno. ¿Por qué su señorita Ursi tardaba tanto?
Regresó a su asiento. Los minutos pasaban, y ella balanceaba sus piernitas, cada vez más ansiosa.
—¿Por qué no llega...? —murmuró de nuevo.
Justo en ese momento, sonó el teléfono en el escritorio. La Maestra Sofía contestó y asintió.
—De acuerdo, le diré que salga.
Colgó el teléfono y caminó hacia la niña.
—Mila, ya llegó tu señorita Ursi, puedes salir.
Milagros saltó de la silla como un resorte, agarró su mochila y corrió hacia la puerta a toda velocidad, con sus trencitas sacudiéndose de un lado a otro.
En la puerta de la escuela, un auto negro estaba estacionado junto a la acera. Úrsula y Alberto esperaban ahí, con sonrisas sutiles en el rostro.
En cuanto Milagros salió, los vio de inmediato. Su carita se iluminó con una sonrisa gigante y se lanzó directamente a los brazos de Úrsula. Le abrazó la cintura, levantó el rostro y le habló con su dulce voz infantil.
—¡Señorita Ursi, te extrañé muchísimo!
Úrsula se agachó y le acarició la cabeza con cariño.
—Yo también te extrañé, Mila.

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