Sin embargo, tampoco le dio demasiada importancia. Al fin y al cabo, su madre no la había regañado e incluso había accedido a prepararle la sopita casera.
Cerró lentamente los ojos y, aferrándose a la mano de Zulema, se quedó profundamente dormida.
Cuando terminó el suero, Milagros aún no se despertaba. El médico escolar se acercó para retirarle la aguja, y el pinchazo la hizo despertar. Soltó un quejido, abrió los ojos entrecerrados y miró a su alrededor, tardando un par de segundos en procesar dónde estaba.
Zulema se levantó y sacó los zapatos de la niña debajo de la camilla.
—Ponte los zapatos, nos vamos a casa.
Milagros se talló los ojos y se sentó. Al notar que su madre no tenía ninguna intención de ayudarla a calzarse, se agachó y se los puso sola, haciendo un ligero puchero de disgusto.
...
Al salir de la escuela, Zulema hizo la parada a un taxi y regresaron a la casa.
El vehículo se detuvo frente a la puerta. Zulema pagó y Milagros abrió la puerta por su cuenta para saltar afuera.
Zulema abrió la puerta principal. Milagros se cambió los zapatos y, sin siquiera soltar la mochila, corrió escaleras arriba.
Zulema fue a la cocina, dejó todo listo y pensó en preguntarle a Milagros si tenía antojo de algo más.
La puerta de la habitación de la niña estaba cerrada. Zulema se detuvo frente a ella y, justo cuando iba a tocar, escuchó una voz proveniente del interior.
Era Milagros, hablando con un tono risueño:
—Señorita Ursi, no te preocupes, ya me siento mucho mejor, ¡por favor no te sientas culpable!
Hubo una pausa. Seguramente Úrsula estaba respondiendo desde el otro lado de la línea.
Milagros continuó:
—Mi mamá ya me trajo a la casa. Le voy a decir que me prepare sopita casera, ¡y cuando me cure vas por mí, que todavía tengo que celebrarte tu cumpleaños!
Zulema se quedó parada frente a la puerta, escuchándolo todo. La frialdad se apoderó nuevamente de su mirada. Bajó la mano, dio media vuelta y volvió a bajar las escaleras.
La sopa ya estaba lista. Zulema apagó el fuego y esperó pacientemente a que Milagros bajara, sin llamarla ni una sola vez.
Unos diez minutos después, Milagros apareció, corrió hacia la mesa, tomó un sorbo y miró a Zulema con el ceño fruncido.

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