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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 119

Sentir hambre y toparse con una comida tan tentadora.

Sofía volvió a mirar las bandejas. Los bocadillos lucían espectaculares y había muchísima variedad.

Tres tazas de café humeaban ligeramente.

Había pastelillos redondos, otros en forma de triángulo, algunos decorados con altos picos de crema y otros moldeados como pequeños barcos.

El plato de frutas estaba lleno de cerezas grandes, papaya, arándanos aromáticos, chirimoya...

A simple vista había alcanzado a distinguir todo eso.

Y aún faltaban cosas por ver.

Todo estaba distribuido en siete u ocho bandejas de plata.

Calculó que era suficiente comida para tres personas.

La familia Solis había preparado merienda para los tres.

Aunque la señora Solis la detestaba por culpa de Isabel, la anciana era una matriarca que cuidaba muchísimo las apariencias. Sofía, como doctora especialista contratada para atenderlos a domicilio, seguía siendo considerada una invitada de la casa.

La señora Solis, con toda su experiencia de vida, conocía a la perfección las normas de cortesía de la alta sociedad.

No iba a quedar en ridículo ni a darle motivos a nadie para hablar mal de ella solo por mezquinarle un poco de comida.

Sofía decidió ir a lavarse las manos.

Se disponía a comer su merienda.

El cuerpo era su herramienta más valiosa; cuanto más difícil se ponía la situación, mejor tenía que alimentarse para mantener las fuerzas.

Después de lavarse las manos, revisó su celular.

Sus dos niños habían sido expulsados del preescolar, tuvieron que abandonar su hogar y ahora estaban hospedados en un hotel.

Hoy, Celeste los estaba cuidando sola, y eso la tenía un poco angustiada.

Celeste le había enviado cinco mensajes de voz.

En el primero, se escuchaba la voz de Celeste:

【Sofí, después del almuerzo me los llevé al jardín tomados de las manos. Nos cruzamos con una boda y a los niños les regalaron unos dulces, se pusieron contentísimos, jaja.】

En el segundo mensaje, se escuchaba la tierna voz de su hija, Ana:

【Mami, ya me voy a dormir la siesta, ¿a qué hora vas a regresar? Ya es miércoles, quiero verte apenas me despierte, mua.】

Sin que nadie se lo enseñara o se lo pidiera, Sebastián ya sabía cómo tomar el control de la situación.

Sofía no pudo evitar comparar a Sebastián con Leandro.

Cuando conoció a Leandro, él apenas tenía once años, un adolescente en pleno crecimiento.

Pero a los once años, Leandro ya era un experto en los círculos sociales. Conocía de memoria a todos los socios de su padre, Arturo Corona, y de vez en cuando hasta le daba ideas para resolver problemas en los negocios.

También era el pilar de su madre, Cristina Montero.

Arturo trataba a Cristina como si fuera un adorno más de la casa. Toleraba su presencia, pero la ignoraba por completo; no sentía ni la más mínima empatía ni interés por ella.

Cristina odiaba a las amantes de turno, a la tercera, cuarta y quinta mujer, culpando a esas intrusas por haber destruido su matrimonio.

Constantemente lloraba y se quejaba delante del joven Leandro.

Una noche, Leandro, con solo once años, agarró las llaves del Maybach de su padre y condujo a toda velocidad hasta la comisaría.

Llevó a la policía directamente a un club privado y atrapó a una de las mujeres. Era la cuarta amante, que su padre llevaba manteniendo desde hacía dos años.

Supervisó personalmente cómo arrestaban a la mujer y a su amante en ese mismo momento.

E incluso presentó pruebas de las mansiones, los autos de lujo, la joyería y los estados de cuenta que esa mujer le había sacado a su padre.

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