¿Javier Quintero?
¡Había vuelto!
Y esta vez traía a la mujer que Sofía jamás olvidaría ni aunque muriera: Isabel Molina.
Esa misma mañana, Javier había mostrado una actitud hostil y obsesiva. Que ahora trajera arrastrando a Isabel dejaba clarísimo que, apenas se marchó, corrió a darle el aviso y contarle todo a la mujer.
Vaya que Javier era devoto de Isabel.
Parecía su perrito faldero...
Que Isabel se hubiera convertido en una estrella de televisión era toda una sorpresa.
Según recordaba Sofía, Isabel había estado en la misma clase que Leandro en la preparatoria y había sacado la peor calificación de toda la escuela en el examen de admisión a la universidad, algo que causó mucho revuelo en su momento.
Leandro, en cambio, había ingresado a la Universidad de Rosarito con la calificación más alta de la ciudad en ciencias. Después de que él dejara su ciudad natal para irse a la capital, nadie volvió a saber nada de la pésima estudiante que era Isabel.
No fue hasta que Leandro cursaba su posgrado que Cristina Montero arregló un compromiso para él, y la prometida resultó ser la joven heredera de la familia Molina.
Así fue como Isabel regresó a su vida, asumiendo el papel de futura esposa de Leandro y persiguiéndolo descaradamente.
Leandro le había confesado en su momento que, cuando Isabel se le declaró, ella admitió que había estado enamorada de él en secreto desde la preparatoria, que le gustaba desde hacía muchísimo tiempo.
También fue por Leandro que Sofía se enteró de que Isabel, tras reprobar el examen, había asistido a una universidad privada. Al graduarse, entró a trabajar al Grupo Molina, pero sus capacidades apenas daban para administrar el departamento de logística.
Isabel tenía la misma edad que Leandro, veintiocho años.
Que alguien con tan poco talento se hubiera colado en la lista de celebridades era tan absurdo como ver a un cerdo cantando ópera; un auténtico milagro inexplicable.
Sofía miró a Iván y le dijo: —Ve a atender tus asuntos.
Iván frunció el ceño. —¿No necesitas que me quede contigo?
—No —asintió Sofía.
—Si necesitas algo, llámame.
—De acuerdo.
Sus voces llamaron la atención de las dos personas en la oficina.
Apenas Iván se dio la vuelta, Isabel se acercó a toda prisa.
Sofía la enfrentó en el estrecho umbral de la puerta.
—¡De verdad eres tú! —exclamó Isabel mientras se quitaba la capucha negra de su sudadera y se bajaba la mascarilla, dejando su rostro al descubierto.


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