Al escuchar el grito, Sofía levantó la vista.
La casa era amplia, de tres pisos.
Tras el fallecimiento del abuelo Santiago, ella se había mudado al norte con Iván, y juntos habían luchado y trabajado duro para comprarla.
Las dos sobrinas de Iván dormían en el segundo piso.
Hizo el amago de levantarse, pero Celeste la tomó por los hombros y la obligó a quedarse sentada. —Tómatela primero.
Sofía levantó el rostro y sonrió. —Aún está muy caliente. Déjala en mi cuarto, me la tomaré más tarde, te lo prometo.
Celeste intentó insistir, pero Ana se puso de puntitas y jaló su delantal.
—Abuela Celeste, yo puedo ir al cuarto de mami para cuidarle su sopita.
—¿Qué dices, renacuaja?
—La renacuaja dice que... que le puede soplar a la sopita para que se enfríe.
Sofía pellizcó suavemente la mejilla de su hija, derritiéndose de ternura.
Ella dormía en el tercer piso con los niños para no molestar a los abuelos en caso de que los pequeños lloraran o hicieran ruido en la noche.
Después de acompañar a Celeste y a Ana al elevador, subió despacio las escaleras hacia el segundo piso.
En cuanto entró a la habitación, las dos sobrinas de Iván se abalanzaron sobre ella con quejas.
La menor, Jimena Quintana, se adelantó: —Tía Sofía, hoy mi compañera de banco me robó la goma y me pellizcó los cachetes.
Sofía tomó el rostro redondo de Jimena con ambas manos y la revisó con cuidado.
No encontró ninguna marca roja.
Le acarició el cabello suavemente y le preguntó con dulzura: —¿Todavía te duele?
Jimena negó con la cabeza. —No.
—¿Pero te dolió que te hiciera eso, verdad?
Jimena hizo un puchero.
Sofía la abrazó cariñosamente. —Al rato llamaré a tu maestra para platicar con ella. ¿Quieres que pidamos que te cambien de lugar?
—¡Sí, por favor!
La sobrina mayor, Julieta Quintana, estaba a un lado mordiendo la punta de una pluma, señalando un problema de matemáticas.
Acababa de entrar a sexto grado, la dificultad de las materias había aumentado, y Sofía la ayudaba con sus tareas todas las noches.
Acomodó a Jimena en sus brazos y, sosteniendo un lápiz con la mano que tenía libre, le dibujó un esquema a Julieta para explicarle el ejercicio.
Las dos niñas llevaban tres años viviendo con ellos.
Cuando Sofía e Iván se mudaron a Rosarito, usaron la herencia del abuelo Santiago para abrir la clínica. Fue entonces cuando la hermana de Iván —quien acababa de divorciarse y ya estaba embarazada y a punto de casarse de nuevo— decidió empacar a sus hijas y mandárselas para que se hicieran cargo de ellas. Habían vivido bajo su techo desde ese día.
En aquel entonces, la más pequeña, Jimena, apenas tenía cuatro años y Sofía había asumido toda la responsabilidad de criarlas.
Se encargó de cuidarlas y educarlas mientras lidiaba con su propio embarazo y trabajaba sin descanso en la clínica.
A pesar de las dificultades, terminó convirtiéndose prácticamente en la figura materna de ambas.
Tardó casi media hora en explicar todas las tareas.
Ana seguía en la habitación, cuidando pacientemente aquel tazón de sopa.
—Mami, ya está fría tu sopita —dijo la pequeña al verla llegar, dando saltitos de felicidad con su vestido abultado de color rosa y blanco.
Estaba rebosante de alegría en su cumpleaños.

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