La sonrisa de la señora Molina brillaba con genuina satisfacción y orgullo.
Le respondió a la joven con un tono burlón: —Ahí tienes la prueba de lo indispensable que es conseguirse un buen hombre que te respalde, niña.
Sofía apretó los puños, con las uñas clavándosele en las palmas de las manos.
Se inclinó y le susurró al oído a la señora Solis: —Señora, disculpe, iré a lavarme las manos un momento.
—No te tardes, mi niña. Sacar estos viejos huesos de la casa me agota; no puedo estar sin tus cuidados —le respondió la anciana.
—Pierda cuidado, estaré de vuelta en un minuto.
La ceremonia principal de la boda se iba a llevar a cabo en el inmenso jardín del hotel.
Todo estaba tapizado con flores exóticas frescas, creando un océano de colores y una atmósfera sumamente romántica.
La hora exacta del enlace estaba fijada para las seis y seis de la tarde. Yanina había elegido ese momento porque soñaba con casarse con Adán Molina bajo el resplandor de la puesta de sol, como símbolo de un amor que perduraría hasta que sus cabellos se volvieran grises.
Los baños estaban ubicados en una zona más reservada del enorme jardín.
Sofía aceleró el paso, casi corriendo.
Haber estrechado la mano de Isabel y de Leandro la hacía sentir como si se hubiera manchado de la peor basura imaginable. Sentía que el olor a hipocresía se le había pegado a la piel.
Al llegar al lavabo, abrió la llave al máximo y empezó a restregarse las manos con tanta fuerza que casi se arrancaba la piel.
Se enjuagó con agua.
Se puso jabón tres veces.
Y luego remató con abundante gel desinfectante.
Incluso cuando las yemas de sus dedos se pusieron pálidas y arrugadas por la fricción, todavía sentía que la suciedad asquerosa de esa gente no se le quitaba.
Levantó las manos y se las inspeccionó bajo la luz, buscando si había quedado alguna impureza.
De repente, una voz tétrica, cargada de sarcasmo, resonó a sus espaldas:
—¡Tsk, tsk! ¿Acaso soy un charco de lodo? Apenas y rozamos nuestras manos, no es para que intentes lijarte la piel hasta los huesos.
Sofía dio un salto por el susto de esa aparición repentina.
Dejó escapar un jadeo de sorpresa, "¡Ah!", y se agarró rápidamente del borde del lavabo para no perder el equilibrio.
No necesitaba voltear para saber a quién pertenecía esa irritante voz arrogante.
Se quedó tiesa, sin mirarlo y sin decir una sola palabra.
Pero a Leandro Corona pareció divertirle su reacción, y soltó con un descaro burlón:
—Vaya, Sofía. Así que trabajas como la doctora de cabecera de la familia Solis. Qué plan tan elaborado. ¿Acaso moviste todos esos hilos para cruzarte en mi camino y tratar de engancharme de nuevo?
La sangre de Sofía comenzó a hervir de la rabia.

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