Era como si le hubieran dado cien bofetadas frente a todo el pueblo.
El orgullo de Leandro se hizo pedazos y su dignidad rodó por los suelos.
Se levantó de la mesa y se marchó en completo silencio.
Don Mateo escoltó a Lorenzo hasta el interior del patio, y Sebastián le señaló su lugar en la mesa: —Papá, ahí estoy comiendo.
Lorenzo siguió la dirección del dedo y vio que había dos sillas vacías.
Frente a cada silla había un tazón. Uno de ellos tenía un trozo de pollo a medio comer, y junto al otro, una cerveza que aún burbujeaba en el vaso.
Se inclinó para sentar a Sebastián en la silla correspondiente al pollo.
Los aldeanos, amables como siempre, lo invitaron a sentarse a comer.
Él sonrió educadamente: —¿Pero aquí no estaba sentado otro señor?
La cerveza no estaba terminada, lo que indicaba que la persona solo se había levantado por un momento.
Sebastián aclaró de inmediato: —No importa, es el lugar de Leandro Corona, pero él ya se fue.
¡¿Leandro Corona?!
La sonrisa en el rostro de Lorenzo se congeló.
A pesar de que el asistente Ferrer le había avisado en secreto, y aunque durante todo el camino se había repetido a sí mismo que debía mantener la calma... escuchar que Leandro y Sebastián habían estado sentados tan juntos desató un caos en su interior.
Si Leandro había logrado sentarse a comer con Sebastián, era evidente que Sofía lo había permitido.
Eso significaba que... Leandro había vuelto a entrar en la vida de Sofía y de los niños.
Ya no rechazaban su presencia.
Lorenzo le acarició la cabecita a Sebastián. —Tú sigue comiendo, papá irá a buscar a mamá.
Sebastián levantó su carita. —Mamá está en la habitación de la tía Kari.
—¿De... de verdad?
—Sí —le contó Sebastián lo que sabía—. La tía Kari se casó hoy, así que mamá la está acompañando. Ellas están comiendo en la habitación.
Pero Lorenzo no podía quedarse tranquilo.
—Está bien, le voy a marcar por teléfono para que baje a platicar un rato.
La casa donde se quedaba la familia de Karina era una tradicional casa de bambú. Era un lugar pequeño, por lo que con dar unos cuantos pasos Lorenzo ya podía ver las escaleras de madera.
Se arregló el saco del traje.
El corazón le latía a mil por hora, apenas logrando contener el torbellino de emociones con pura fuerza de voluntad.
Junto a las escaleras había un pequeño bambusal, donde algunas gallinas picoteaban la tierra oscura buscando lombrices.
Lorenzo caminó por la orilla y, de repente, escuchó la inconfundible voz de Leandro proveniente de entre las cañas de bambú.

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