—¿Entonces, quieres reírte de mí para quedar a mano? —ironizó Leandro levantando una ceja.
—¡Eres un...!
Lilia se soltó llorando de rabia y salió corriendo con las manos en la boca.
—¡Lilia...! —Clara la vio alejarse con el corazón encogido.
Su hermanita, la princesita mimada de la casa, había sido humillada dos veces el mismo día, primero por Lorenzo y luego por Leandro. ¡Qué injusticia tan grande!
Giró los ojos y le lanzó una mirada asesina a Leandro.
—¡Le voy a ir a decir todo a Isabel!
¡Ja!
Leandro le devolvió una sonrisa macabra—. ¿Y crees que yo estoy pintado? Si le cuentas algo, ¿qué te hace pensar que yo no le contaré tus cositas?
Su mirada se oscureció con amenaza—. ¡Es más, me voy a asegurar de destruir a toda tu familia!
¿Qué había dicho?
Esas palabras dejaron a Clara hirviendo en furia.
Estaban hablando de la prestigiosa familia Salinas de Rosarito, la segunda más poderosa de la capital. Tenían el dinero y el poder suficientes para aplastar mil veces a la insignificante familia Corona de Ciudad del Mar.
Por si fuera poco, su familia gozaba de una reputación impecable y una moral intachable. Nadie tenía cómo mancharlos con chismes.
Justo cuando iba a gritarle sus verdades, Leandro soltó una frase con un tono de lo más perturbador.
—Cecilia Mireles sigue con vida.
¿Q... qué?
Fue como si una ola gigante le golpeara el cerebro; Clara se quedó paralizada.
Leandro clavó sus fríos ojos en ella—. Tu maestría la compraste en el extranjero, así que asumo que jamás aprendiste lo que significa «buscarse problemas solos». Déjame explicártelo, primogénita de los Salinas: si aprendes a mantener la boca cerrada y no te metes en asuntos que no te incumben, entonces lo de «Cecilia Mireles sigue con vida» será solo un comentario cualquiera.
—¡Hermana! ¡Ya vámonos! —Lilia había regresado a buscarla.
Clara, aún aturdida, caminó con torpeza, pasando por delante de Leandro como un autómata.
Poco después, Leandro sintió que alguien se paraba detrás de él.
—Señor Corona, vámonos —dijo Benito Mancilla, acercándose para quitarle el cigarro de la boca.
Estaba estrictamente prohibido fumar en el área de exhibición. Ver a Leandro mordisqueando un cigarro apagado con furia resultaba casi cómico.
Leandro dio un paso atrás, esquivando la mano de su asistente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...