Clara apartó la mirada con disimulo al ver a los niños, levantó su elegante taza de té, bajó la cabeza y bebió un sorbo con aparente tranquilidad.
Ella misma había tomado la iniciativa de marcar su distancia.
Rogaba al cielo que Ana no se hiciera falsas ilusiones otra vez.
La última vez, en el Club Privado Real Salinas, Ana había sido demasiado entusiasta. Se la pasó llamándola «tía Clara», lo que provocó las burlas de Isabel y levantó sospechas sobre la relación entre ellas.
El día de hoy era crucial para ella. Ana no podía arruinarle los planes.
¡Por favor, por lo que más quieras, no me llames tía Clara!
¡Te lo suplico!
—Venimos a ver a la bisabuela —anunció Sebastián, entrando mientras guiaba a Ana con su bracito alrededor de su pequeña cintura.
Ana apartó su brillante mirada de Clara y salió corriendo hacia doña Lira.
—Bebé, mira, ellas son la señora Salinas y la señorita Clara. Salúdales —dijo doña Lira con entusiasmo, presentando a las invitadas.
El corazón de Clara salió disparado como un cohete y se le atoró en la garganta.
Se le ensombreció el rostro y abrió los ojos de par en par, enfrentándose directamente a los dos hermanos.
Sebastián era un niño sumamente inteligente. Tenía una perspicacia que superaba la de muchos adultos y comprendió de inmediato que a Clara le molestaba que los relacionaran con ella.
Pero pronto...
Clara descubrió que se había preocupado en vano.
Sebastián guió a su hermana directamente hacia doña Lira, sin mirar atrás ni una sola vez.
—¡Bisabuela! —exclamó Ana, arrojándose sobre las piernas de doña Lira.
—¡Ay, mi niña hermosa! Me dijeron que hoy dormiste hasta las diez. ¿Ya desayunaste? —preguntó doña Lira, tomando la carita de la niña entre sus manos para acariciarla.
—Sí, ya comí —respondió Ana, abriendo una cajita redonda—. Esto es lo que mi abuela nos preparó a Sebastián y a mí... galletitas para la merienda.
—¡Oh, vaya! Son galletitas con forma de letras. Qué preciosas.
—Y saben aún mejor. Mami dice que las galletas recién horneadas son las más ricas —Con sus deditos regordetes, sacó una con la letra «A» y se la dio en la boca a doña Lira—. Bisabuela, quiero compartir mis galletas contigo.
—Gracias, mi amor —Doña Lira irradiaba felicidad.
A su lado, doña Salinas las observaba con envidia y anhelo.
Doña Lira palmeó el hombro de Ana.
—Bebé, dale también un par de galletitas a la señora Salinas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...