La noche cayó sobre la ciudad, y la humedad helada de principios del invierno cubrió el asfalto. Las hojas recién desprendidas de los árboles se arremolinaban en el suelo.
Isabel Molina entró a toda prisa a la mansión de la familia Corona, pisando las hojas secas a su paso.
Clavó la mirada directamente en Cristina Montero, que estaba sentada con total elegancia en la sala de estar.
Llevaba un peinado alto e impecable, lucía un elegante vestido morado con brillos sutiles, y con su rostro altivo y mirada profunda, deslizaba unas cuentas de madera entre sus dedos.
—¿Fuiste tú quien mandó arrestar a Sofía? —preguntó Isabel, temblando y respirando con dificultad.
El cuello de su fino suéter de hilo se había resbalado hasta dejar un hombro al descubierto.
Esa tarde había asistido a una exhibición de joyas y tenía planeado cenar con los representantes de la marca después del evento. Sin embargo, recibió una sorpresiva llamada de la policía que le heló la sangre. Poniendo de excusa un malestar estomacal, huyó despavorida a la casa.
Cristina se puso de pie con gracia.
Caminó a paso lento hacia Isabel y, con total serenidad, le acomodó el cuello del suéter.
—Así es, fui yo. ¿Por qué estás tan nerviosa?
El pánico carcomía a Isabel y las palabras le salían a tropezones: —¡La policía me llamó, ¿no lo entiendes?!
—¿Y eso qué?
—¡Estás loca! ¿Cómo te atreves a involucrar a la policía en algo que armaste tú misma? ¿Crees que eres dueña del sistema de justicia? Estás acostumbrada a hacer lo que te da la gana, pero esto es un crimen grave, ¿qué acaso no conoces la ley?
Entregar a Sofía a las autoridades significaba que iban a investigar el caso a fondo, ¿no?
Y si investigaban, ¡tarde o temprano la verdad saldría a la luz!
Hoy en día las investigaciones son mucho más rigurosas. Que los detectives descubrieran que Cristina fue quien compró la serpiente venenosa para intentar un asesinato y luego trató de inculpar a alguien más, sería pan comido.
Con su mentalidad de estudiante universitaria moderna, Isabel consideraba que lo que Cristina había hecho era la estupidez más grande de la historia, como echarse gasolina y prender un cerillo.
¡Estaba furiosa y aterrorizada a la vez!
Cristina, por otro lado, desbordaba una confianza casi escalofriante.
—Tranquilízate y deja de ser tan dramática. Que la policía te haya llamado es puro protocolo. Esas declaraciones y actas no terminarán siendo más que basura en un archivero.
Isabel no estaba convencida en lo absoluto. —Tú no sabes cómo funcionan las cosas hoy en día.
Entonces, Cristina le explicó con frialdad los pormenores de su plan.
—Escucha, cuando yo hago algo, está calculado al milímetro. No dejo ni un solo cabo suelto. Ni Dios mismo podría encontrar una sola prueba en mi contra. Y eso, querida, lo sabes muy bien, ¿no?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA