Luego, le dijo con voz melosa: —Acabas de comprometerte con Leandro. Por fin conseguiste al hombre que llevas persiguiendo durante años. Ahora, concéntrate en disfrutar este momento.
Isabel, visiblemente conmovida por esas palabras, asintió obediente.
Cristina soltó un suspiro lleno de resentimiento. —A tu hermana ya la perdimos. Su muerte me demostró que en esta vida nada está escrito. Por eso quiero que ustedes vivan al máximo. Pero también tengo una meta que no me deja dormir... ¡Voy a usar las cenizas de Sofía para honrar la tumba de Rosa!
Al decir el nombre de su hija, el odio le carcomió las entrañas; estaba que echaba chispas de la pura rabia.
Su pobre Rosa, apenas tenía treinta y seis años.
Había dejado a dos hijos pequeños, y su muerte fue atroz: el veneno le dejó el rostro desfigurado y oscurecido, en una mueca espantosa.
Aún descansaba en la helada gaveta de la morgue, esperando ser cremada...
Sofía había sido la culpable de la muerte de su hija, ¡y ella pagaría sangre con sangre!
Primero se aseguraría de ver a Sofía convertida en cenizas, y solo entonces le daría el último adiós a su hija.
En ese momento, se escucharon unos pasos firmes acercándose.
Una empleada desde la puerta anunció la llegada de Leandro.
Isabel ni siquiera tuvo tiempo de arreglarse cuando la imponente figura de Leandro ya estaba en el umbral.
—Oh, ya llegó Leandro —saludó Cristina, recomponiendo su expresión en un segundo para mostrar una sonrisa tierna y maternal.
—Sí —asintió el hombre, con rostro serio—. Hoy se comunicaron conmigo de la jefatura. Me dijeron que están investigando a la Doctora Valdivia por los cargos de homicidio y lesiones con la serpiente venenosa.
Isabel se apresuró hacia él, llena de ansiedad. —¿Y qué les dijiste?
—Ejem... —carraspeó Cristina, clavándole una mirada fulminante a Isabel.
¡Uy, cierto! Isabel se mordió el labio, dándose cuenta de su imprudencia, y dio un paso atrás de inmediato.
Manteniendo una distancia prudente, volvió a mirarlo, esta vez con una sonrisa encantadora y voz melosa: —Mi amor, ¿ya cenaste? ¿Qué se te antoja? Iré a pedir a la cocina que te preparen algo especial.
—Está bien. —Pero Leandro no le permitió irse de inmediato—. Espera un momento. Tenemos que hablar sobre el tema de Sofía.

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