Magdalena tenía la costumbre de llegar a sus compromisos de trabajo un poco antes de lo programado.
Por eso, en el registro de firmas aún había muy pocos nombres.
El señor Gutiérrez, al ser uno de los inversionistas, ni siquiera tenía que pasar por ese proceso de registro.
Él ya sabía, gracias a Leandro, que Kevin Lira estaba con una agenda muy ocupada y no asistiría al evento.
Por lo tanto, se encargó personalmente de enviarle la invitación a Magdalena a través de la recepción de Auge Media.
Magdalena no había cenado, así que se limitó a tomar una copa de champán y se sentó en un rincón. Pronto comenzó a sentirse adormecida.
Al principio, no sospechó nada malo y solo se dispuso a descansar unos minutos.
Después de todo, el evento oficial aún no había comenzado.
Hasta que una figura borrosa apareció ante ella, acompañada de aquel repugnante aroma a perfume de hombre.
Cuando el hombre se sentó, el sofá se hundió a un costado. Con voz forzadamente profunda, dijo: —Señorita Jurado, me parece que ha bebido de más. Permítame llevarla arriba a que descanse.
Todas las alarmas se encendieron en la mente de Magdalena.
Intentó empujarlo con todas sus fuerzas, queriendo decir: Estoy bien, no necesito ayuda.
Pero en realidad, sus brazos no tenían más fuerza que la de un gatito.
Magdalena sentía como si tuviera imanes en los párpados y empezó a perder la noción del tiempo, como si estuviera completamente ebria.
Alguien deslizó una tarjeta y abrió la puerta de una habitación.
Se escuchó un bip.
La empujaron y la metieron casi arrastrando al interior.
Magdalena despertó sobresaltada por un momento. Supo que algo andaba mal; no se sentía borracha, solo extremadamente soñolienta.
Sus extremidades se sentían como si estuvieran atadas con enredaderas pesadas y débiles.
Empezó a forcejear con desesperación: —¡Suélteme...! ¿Acaso no le importa ofender a los organizadores?
Apenas abrió la boca, notó que su voz sonaba ronca.
Por cada palabra que pronunciaba, sentía fuertes pinchazos en las sienes.
Una vez dentro de la habitación, el señor Gutiérrez dejó de disimular. Con las manos como tenazas, la agarró con fuerza de los hombros y la cintura.

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