Era la voz de Federico.
Por un instante, el corazón de Magdalena casi se detuvo.
Se sintió patética.
Porque al escuchar a su esposo mencionar el nombre de otra mujer en una habitación de hotel, su primera reacción no fue de enojo, sino de alivio.
Al menos, Federico era un hombre de principios.
Él jamás le haría algo como lo que ese tipejo apellidado Gutiérrez había intentado.
Inmediatamente después, una profunda amargura y decepción se apoderaron de ella.
Dicen que cuando alguien está herido, se vuelve más vulnerable.
Magdalena, golpeada y magullada de pies a cabeza, sintió que el dolor se multiplicaba por mil al estar en la misma habitación que Federico.
Pero ella lo sabía.
A Federico no le importaría en absoluto.
A diferencia de lo que acababa de vivir...
El primero le había herido el cuerpo; el segundo le hería el alma.
Aun así, sus tensos nervios lograron relajarse un poco.
En los momentos críticos, las personas sacan una fuerza impensable.
Y ahora, al bajar la guardia, se dio cuenta de que no le quedaba ni una gota de energía en el cuerpo.
Por el golpe en la cabeza, empezó a ver borroso.
Olas de mareo la embistieron con fuerza.
Sin embargo, su acosador no parecía dispuesto a dejarla escapar tan fácilmente.
¡Toc, toc, toc!
Magdalena, que tenía las manos apoyadas contra la puerta, sintió las vibraciones furiosas y apresuradas de los golpes desde el exterior.
La voz del señor Gutiérrez se coló por la rendija: —¿Hay alguien ahí? ¿Señorita Jurado?
¡El muy infeliz no se daba por vencido y seguía buscando!
Si Magdalena se hubiera metido realmente a una habitación vacía, aún correría peligro.
—Ya no huyas más, sé que estás ahí adentro.
Magdalena se sobresaltó; sus labios y sus manos temblaban sin control.
A pesar del pánico, puso ambos cerrojos lo más rápido que pudo.
Luego empujó una silla para trabar la puerta.
Solo cuando terminó de asegurar la entrada, notó que algo andaba mal.
Desde que Federico había preguntado por Anaís, no se había vuelto a escuchar ni un solo ruido de su parte.
Incluso si creyera que era Anaís, al no recibir respuesta habría salido a ver, ¿no?
Magdalena no se atrevía a asomarse al pasillo.
Dudó un instante y caminó hacia el dormitorio, dispuesta a explicarle a Federico lo sucedido.
Si tenía que arruinarles el momento íntimo, no le quedaba otra opción.
Se mordió el labio.
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
Se sentía tremendamente humillada.
Aún así, entró.
Y entonces notó algo todavía más extraño.
No había nadie más en la habitación, solo Federico recostado en la cama.
Tenía los ojos cerrados y el ceño tan fruncido que parecía una pequeña colina de arrugas.



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