Federico no dijo nada, simplemente mantuvo la mano posada en la cintura de Magdalena.
Ella sintió cómo su cuerpo se tensaba ligeramente.
Frente a los policías no le pareció adecuado zafarse, así que tuvo que fingir que su relación iba de maravilla.
Federico nunca entraba a una batalla sin estar preparado.
En su celular ya tenía listos los mensajes, grabaciones y comprobantes de las transferencias bancarias.
Los oficiales se llevaron a Gael esposado.
También confiscaron su teléfono y sus tarjetas.
—Les voy a pedir que nos acompañen a la delegación para dar su declaración.
Tras cumplir con los trámites legales, Federico llevó a Magdalena a su casa. Al llegar a la puerta, se inclinó y tosió un par de veces.
Parecía bastante mal de salud.
El Secretario Yáñez, haciendo honor a su título de empleado del mes, intervino con una indirecta muy sutil.
—Señora, ayer, cuando el señor Suárez supo de las tormentas y el cierre de carreteras en la otra ciudad, se preocupó muchísimo.
—Manejó durante varias horas a medianoche para buscarla y, hasta el momento, lleva casi cuarenta horas sin dormir.
Magdalena no se lo esperaba para nada.
Ni siquiera lo había visto en el sitio del proyecto.
Al recordar el incidente, Federico frunció el ceño y prefirió guardar silencio.
Yáñez, dispuesto a llevar su actuación hasta el final, añadió:
—¿Cree que el señor Suárez podría pasar a descansar un rato? Me preocupa mucho que maneje en esas condiciones.
Magdalena respondió:
—Pero, ¿qué hay de ti, Secretario Yáñez?
—De hecho, yo tengo un viaje de negocios y me voy directo al aeropuerto.
A Magdalena la situación le parecía algo extraña.
Le dio un vistazo a Federico.
Efectivamente, se veía tan mal como su asistente lo describía: con el rostro pálido y reflejando puro agotamiento.
Sus cuencas, que de por sí eran profundas, ahora lucían unas ojeras pronunciadas.
Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
En su pómulo y en la comisura de sus labios lucía dos moretones.
Se veía verdaderamente deplorable.
Magdalena lo pensó un instante y finalmente se hizo a un lado para dejarlo entrar.
—Acuéstate un rato en la sala.
Metió unos cubos de hielo en una bolsa y se los colocó en la mejilla.
Apenas el hielo hizo contacto, Federico soltó un leve siseo de dolor.
Sin darse cuenta, ella suavizó el movimiento de su mano.
Y preguntó:
—¿Por qué estabas abajo de mi casa?
Federico movió los labios intentando hablar.
Pero, ¿qué iba a decir?
¿Que fue para ver si le era infiel?
Se quedó callado un largo rato.

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