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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 20

Como Lautaro estaba en su último año de preparatoria y tapado de tareas, no se encontraba en casa.

Natalia se levantó varias veces de su asiento, y cada uno de sus movimientos, cada hebra de su cabello, gritaba que quería que Magdalena se largara de una vez por todas.

La habitación que Magdalena había ocupado toda su vida no era más que un cuartucho oscuro que antes usaban de bodega.

No tenía ventanas y ni siquiera cabía una cama decente.

Desde que se mudaron allí hasta que se graduó de la preparatoria, Magdalena había dormido y estudiado acurrucada en un colchón viejo tirado en el suelo.

Pero ahora, ni siquiera ese cuartucho le pertenecía.

Sintió como si una mano helada le estrujara el corazón; cada vez que respiraba, el aire le raspaba la garganta.

Ese lugar había dejado de ser su hogar hacía mucho tiempo.

Para sus padres, ella no era más que una extraña irrumpiendo en sus vidas, o mejor dicho, una molestia que venía a cobrar deudas.

Tragando saliva para reprimir el nudo de emociones que la asfixiaba, Magdalena preguntó con la mayor calma posible:

—Apenas Lautaro cumplió dieciocho, ¿no podían esperar a vender mi departamento?

Natalia la fulminó con una mirada reprobatoria.

—Pero mírate nomás. Apenas pones un pie en la casa y, sin siquiera haber tomado un trago de agua, ya estás diciendo estupideces. ¿Qué es eso de 'mío' y 'tuyo'? ¿No ves que somos familia?

Gael también dejó su vaso en la mesa.

—Ya estás casada...

Magdalena sabía perfectamente a dónde quería llegar, así que lo interrumpió de tajo:

—Aunque esté casada, ese departamento es mío. Es mi propiedad de antes de casarme. Falsificar mi firma para vender mi patrimonio sin mi consentimiento es un delito.

El rostro del hombre se desfiguró de ira.

—¿Cómo te atreves a hablarles así a tus padres? ¡Qué falta de educación!

Magdalena soltó una risa amarga.

—No es de extrañarse, ni siquiera tengo una familia que me la enseñe.

—¡Tú...! —Gael la apuntó con el dedo, temblando de rabia—. ¡Eres una hija malagradecida!

Como la venta ya estaba hecha, sabía que no era algo que se pudiera resolver en ese mismo instante.

La prioridad de Magdalena ahora era recuperar su acta de matrimonio.

Natalia se puso a la defensiva de inmediato:

—¿Para qué te urge tanto el acta de matrimonio?

—Son cosas mías —respondió Magdalena.

Natalia la jaló del brazo a un rincón, exigiéndole respuestas:

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