Magdalena se tomó un momento para serenarse.
—Director Silvio, sea hombre o mujer, todos necesitamos vivir y trabajar. Eso no tiene nada que ver con el género. En cuanto a esa supuesta deuda millonaria, le recuerdo que mi contrato simplemente llega a su fin, no estoy cometiendo ningún incumplimiento.
Silvio se encogió de hombros.
—En ese caso, seguiremos el procedimiento que marca la ley.
Magdalena tomó un taxi de regreso al hotel y, apenas cruzó la puerta, corrió al baño a vomitar de nuevo.
Entre la fiebre, el estómago vacío y el alcohol que la habían obligado a beber, su cuerpo no aguantó más. Después de tomarse unas pastillas para bajar la fiebre, se desmayó.
Al día siguiente, cuando Sara fue a verla y la encontró ardiendo y casi inconsciente, llamó de inmediato al médico familiar.
Como el médico trabajaba para los Suárez, lógicamente el asistente personal se enteró de la situación.
Durante la hora del almuerzo, Sergio ordenó comida de varios restaurantes exclusivos, pero Federico, tras dar un par de bocados, dejó los cubiertos a un lado.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Lo siento, señor Suárez. Para la próxima ordenaré de otro lugar —se disculpó Sergio.
—¿Y qué pasó con el restaurante de siempre? ¿Acaso quebró?
Federico, siempre inmerso en su trabajo, ignoraba que el 'restaurante' en cuestión tenía nombre y apellido: Magdalena Jurado.
La única razón por la que su comida siempre estaba a su gusto, era porque Magdalena cocinaba personalmente todos los días y mandaba a alguien para que se la entregaran.
Con tantos compromisos recientes, Federico había comido fuera todos estos días, y ni siquiera se había dado cuenta de que Magdalena ya no vivía en la casa.
Sabía que le encantaba la comida del restaurante que encargaba su asistente, pero ignoraba que en realidad lo que le gustaba era la sazón de Magdalena.
Esos pequeños detalles nunca le importaban.
Sergio, que siempre se colgaba las medallas y culpaba a Magdalena de los fracasos, aprovechó la oportunidad:
—Es que esta mañana me retrasé porque estuve ocupado enviando al médico familiar para que revisara a la señora.
El corazón de Federico dio un leve vuelco.
—¿Magdalena está enferma?
Sergio se limitó a sonreír sin decir una palabra.
Para Federico, esa actitud era un claro: 'Me gustaría quejarme, pero mejor me callo'.
Federico se limpió la boca con elegancia, convencido de que lo entendía todo: Magdalena lo estaba haciendo a propósito.
¿Cómo era posible que ayer tuviera energía para ir a una cena y andar empujando gente, y hoy mágicamente estuviera enferma?
Era tal y como Anaís le había dicho. Magdalena seguía resentida con él por no haberla defendido de los chismes de internet, y ahora se hacía la enferma para llamar su atención y exigir condiciones.
—La señora se preocupa demasiado por usted —insinuó Sergio—. Señor Suárez, ¿quiere que vayamos a casa...?

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