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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 252

Magdalena volvió a percibir ese perfume familiar.

Pero ya no haría que su corazón se acelerara.

Era como adorar una comida, comerla todos los días hasta el hartazgo, hasta las náuseas.

Volver a verla solo causaba repulsión.

Aunque estaba mentalizada para este encuentro, se le puso la piel de gallina.

—Señor Suárez, ¿se le ofrece algo más?

Kevin reaccionó de inmediato.

Con una mano tiró de Magdalena, escondiéndola protectoramente detrás de él.

Y con la otra empujó a Federico sin miramientos.

Fue tan fuerte que Federico dio un traspié.

—En la reunión, sus intenciones fueron más que obvias. ¿Eso de buscar cooperar y ceder el control principal? Federico, no pensarás que vas a poder quedarte a solas con Magdalena, ¿verdad? —La expresión de Kevin era hostil.

—Señor Suárez, aterrice en la realidad. Hace tres años no pudo retener a nadie, y ahora menos que menos tiene el derecho de acercarse a ella.

Magdalena frunció el ceño y tiró de la manga de Kevin.

—Vámonos, no pierdas el tiempo con él.

Esas palabras golpearon la cabeza de Federico como un rayo.

Estaba devastado.

Magdalena lo miraba como si fuera basura.

¿Cómo podía hacerlo?

—¡Magdalena! Yo, todos estos años... te he estado buscando.

Sus primeras palabras salieron llenas de furia, pero luego su voz se fue apagando, cada vez más débil.

Hasta rozar la humillación.

Magdalena no respondió.

Federico los persiguió por el pasillo.

Hablaba sin parar, olvidando su habitual frialdad, pareciendo más bien un fanático desesperado en el aeropuerto.

—Me comuniqué con la marca de joyas de la que eres imagen. ¿Viste el collar que mandé hacer especialmente para ti?

—Y la película con la que ganaste el premio, yo...

Magdalena subió a la camioneta y le indicó al chofer:

—Sube la ventanilla.

Ignorando cualquier peligro, Federico metió la mano por la rendija.

El vidrio subió hasta el tope, apretando los huesos de su mano con un crujido espeluznante.

Magdalena no esperaba que llegara a tal locura.

Inmediatamente presionó el botón para detener el vidrio.

Federico, con los ojos rojos, forzó una sonrisa a través de una expresión que estaba a punto de romperse en llanto.

Las siguientes palabras de Magdalena le cayeron como un balde de agua helada.

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