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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 267

—Maestra.

Federico la interrumpió con frialdad.

Vestido con un traje impecable y las manos en los bolsillos.

De pie, parecía más alto que el marco de la puerta, proyectando un aura intimidante.

—¿Podría hablar a solas con la... mamá?

La campana del kínder acababa de sonar y la maestra tenía que volver al salón.

Dora se fue con ella.

Benjamín intentó escabullirse de puntitas.

Pero una sola frase de Federico lo dejó clavado en su lugar:

—Castigado en la puerta.

Benjamín le lanzó una mirada llena de rencor a Dora.

Cuando se quedaron solos, Federico se desabrochó el saco.

Se sentó en el sofá y cruzó las piernas.

—Benjamín se excedió. Acepto lo que dijiste sobre la disculpa, y yo cubriré los gastos médicos de Dora. Si estás de acuerdo, también puedo ofrecerte una compensación económica.

Hizo una pausa y, al hablar de nuevo, su tono no admitía réplica.

—Pero no lo sacaré del kínder. Magdalena, debes saber que no tengo malas intenciones ni con Dora ni contigo. De hecho, podría decirse que todo esto lo hago para...

Magdalena soltó una carcajada.

—¿No te da asco escucharte a ti mismo?

Ella no había ido a perder el tiempo escuchando sus tonterías, sino a resolver el problema de los niños.

Pero Federico no estaba dispuesto a ceder.

Él ya había desarrollado cierta inmunidad a las palabras hirientes de Magdalena.

—Magdalena, ¿por qué no podemos sentarnos a hablar tranquilamente?

—Hace tres años te dije que podías tener lo que quisieras: hacer pública nuestra relación, tener un hijo, dinero, te daría lo que fuera. Incluso te aseguré que te sería fiel.

—Anaís nunca más aparecería en nuestras vidas.

—Pero desde que regresaste, ni siquiera me das la oportunidad de hablar. Eso no es justo.

Federico sentía un nudo en el pecho al ver la sonrisa fría y burlona de ella.

—Claro, hay muchas ciudades en el extranjero, pero no quería que Dora sufriera un trato injusto por ser latina. ¿Hice mal en regresar?

—No quería renunciar a la carrera que construí con tanto esfuerzo, a mis acciones en la empresa, ni a Sierra Clara, el mejor lugar para conseguir proyectos de cine y televisión. ¿Es un crimen?

—No quería vender la casa que elegí con tanto cuidado, que decoré a mi gusto, en una ubicación excelente. ¿Cometí un error?

—Quería que mi hija echara raíces en la ciudad con las mejores escuelas del país, ¿acaso no tengo derecho?

Las tres preguntas consecutivas de Magdalena destrozaron cualquier atisbo de cordialidad.

Su tono de voz iba en aumento.

—Federico, te tienes en demasiada estima.

Al escucharla, Federico palideció.

El celular en su bolsillo empezó a vibrar. Lo sacó y miró la pantalla.

Era el secretario Yáñez.

Como si se aferrara a un salvavidas, le mostró la pantalla a Magdalena.

—¿Y qué me dices de Dora? Ella es mi hija, ¿verdad?

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