El silencio inundó la habitación.
Magdalena, apoyada en el escritorio, hizo un gesto invitándolo a contestar.
—Claro que no.
El rostro de Federico se ensombreció. Fijó la mirada en Magdalena, tratando de descifrar cuánta verdad había en su expresión.
Pero entonces recordó que Magdalena era actriz.
—Diga, secretario Yáñez. Lo escucho.
—Señor Suárez, ya tenemos los resultados de la prueba de ADN. La señora... digo, Dora no es su hija.
Federico escuchó unos segundos más y colgó el teléfono en silencio.
Dora no era su hija, ¿cómo era posible?
En un instante, el estado de ánimo de Federico cayó del cielo al abismo.
Era algo imposible de asimilar.
Él había creído que Dora era un regalo que el destino le había guardado.
Si Dora realmente fuera su hija, sería el único vínculo emocional que le quedaba con Magdalena, y aún tendría una oportunidad.
No imaginaba que todo se derrumbaría por completo.
Magdalena seguía firme.
—Ya te dejé claras mis condiciones. Te exijo que tú y tu hijo se larguen de mi vida.
—Federico, no eres la única persona con dinero en este mundo; yo también lo tengo.
—Y como sabes, mi profesión es peculiar. Si esto llega a un punto de no retorno, te aseguro que la reputación del Grupo Orizon caerá en picada.
—Así que, si eres inteligente, evitarás que todos pasemos un mal rato, ¿entendido?
Federico levantó la mirada.
Vio a Magdalena con los brazos cruzados, impecablemente maquillada, sin ocultar su hostilidad en lo más mínimo.
De repente, se escuchó un grito desde afuera.
—¡Mami!
Benjamín se lanzó a los brazos de Anaís, gritando:
—¡Alguien me hizo cosas feas en el kínder! ¡Dile a papá y a la abuela que vengan a matarla!
Anaís, tras recibir la llamada de su hijo a través del reloj inteligente, estaba fúrica.
La puerta de la oficina no tenía aislamiento acústico.
Todos escucharon a Anaís vociferar:
—¡¿Quién fue el desgraciado que se atrevió a hacerte eso?! ¡Mamá va a hablar con la maestra para obligarlo a arrodillarse y pedirte perdón!
—¿Fe... Federico?
El rostro de Anaís se quedó en blanco por un segundo.
Miró incrédula a las dos personas dentro de la oficina y, con los labios temblorosos, preguntó:
—¿Qué hace tu papá aquí?
Federico nunca antes había asistido a los eventos del kínder, y mucho menos a juntas por mal comportamiento.
Además, Benjamín no le había avisado que su padre estaba ahí.
Benjamín, cruzando la mirada con su madre, balbuceó por lo bajo:
—Tenía miedo de que si te decía que papá estaba aquí, no vinieras a salvarme.
La expresión de Anaís era todo un poema.
Como una tela blanca amarrada con ligas y sumergida en tinte que termina con manchas erráticas de colores, su rostro no sabía qué emoción mostrar.
Intentó poner su mejor cara de víctima.
Pero Federico preguntó con voz glacial:
—¿Así es como educas a nuestro hijo?
—Federico, lo siento mucho, es que me avisaron que alguien había lastimado a mi Benji y me asusté muchísimo.

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