Capítulo 54
Los niños se quearon de piedra un segundo y luego corrieron hacia ella.
—¡Rebeca! —gritó Catalina—, ¿estás bien?
Ella me miró primero a mí, anonadada, con los ojos llenos de furia... luego cambió el rostro en un segundo, lo suavizó, lo volvió dolido, tembloroso, y miró a Martín.
—Me golpeó... —sollozó—, ¿viste?... ¡me golpeó! Martín se quedó quieto, sorprendido, todavía sujetándola del brazo... abrió la boca para decir algo, pero lo interrumpí.
—¿Cómo se te ocurre hacer quedar mal a mi marido de esa manera? —solté, con la voz firme y clara.
Rebeca parpadeó, sin entender al principio.
—¿De qué hablas? —escupió.
La miré fijo.
—Del club —dije—. De cuando le lanzaste la copa a
Camila Valderrama, le gritaste delante de todos y le metiste una cachetada tan fuerte que el arete salió volando... justo cuando estabana punto de cerrar el trato.
Martín se tensó... ella lo sintió.
—Gracias a ti —seguí, sin apartar la mirada—, Alejandro Valderrama cortó todo con la empresa y mi marido quedó como un payaso, con la amante loca pegándole a la hija del dueño del grupo de comunicaciones más grande de la ciudad.
Rebeca abrió la boca.
—Tú también siempre me hiciste quedar mal con él —contraatacó—, siempre, desde el primer día.
Negué despacio.
—Pero jamás en público —respondí—,jamás delante de socios, ni de gente importante, ni en un club lleno de cámaras...yo sé dónde estoy parada, Rebeca, sé cuándo cerrar la boca, esa es la diferencia entre nosotras.
Frunció el ceño.
—¿Diferencia de qué? —escupió.
La miré de arriba abajo.
—De tipo de gente —murmuré—,a mí me criaron con valores y con clase... no solo con el dinero de alguien más, hay una gran diferencia entre tener dinero y tener educación... ¿tus padres no te enseñaron a comportarte en público? Hasta un perro se comporta mejor.
Le cambió la cara... como si le hubiera clavado una aguja directo en el orgullo.
Los niños aprovecharon para rematarme.
—¡No le hables así! —gritó Nicolás, bajando los escalones de dos en dos—. ¡Rebeca no es "ese tipo" de gente, la que no tiene clase eres tú! Se plantó frente a mí, con los puños apretados.
—Eres una mala madre —escupió—, siempre haces quedar mal a papá, siempre haces llorar a Rebeca, por eso nadie te soporta aquí.
Catalina venía detrás, con su peluche en la mano y la cara llena de odio.
—Nadie te quiere —dijo, firme—, Rebeca sí es buena, tú eres la que grita, siempre haces drama...
tú eres la que no tiene clase.
Quise arrancarles la lengua a los dos... no los
aguantaba ni un segundo, pero me tragué todo.
Rebeca se giró hacia Martín, aprovechando el coro.
—¿Ves? —sollozó, acercándose a él—, hasta los niños lo sienten... ella siempre me ha tratado como basura... y ahora encima me pega delante de ellos.
Él cerró los ojos un segundo, se pasó la mano por la cara, reventado.
—¡Basta! —gritó—, estoy harto, no voy a aguantar un escándalo más, quiero irme a dormir, ¿me escucharon?
Dio un paso para irse, pero Rebeca lo sujetó del brazo, clavándose a él como una garrapata...
—¿Qué se hace para una quemadura? —solté, mirando a los empleados—, traigan paños limpios, agua fría... jya! Tenía que fingirbien... asi que corrí al teléfono de la pared y lo descolgué con las manos aparentando temblar.
—Ya estoy llamando a una ambulancia —dije en voz alta, para que todos lo oyeran—, tranquila, Rebe, ya viene ayuda...
Mientras marcaba, vi a Nicolás... la cara descompuesta, los ojos llenos de lágrimas, la respiración cortada y Martín lo vio... lo vio entero.
—¿¡Qué hiciste, Nicolás!? —le gritó, fuera de sí.
El niño se quebró al instante y empezó a llorar a gritos.
—¡Yo quería tirarle a ella! —me señaló, ahogado—.
¡No quería, lo siento, lo siento, lo siento! —¡Fuera de aquí! —rugió Martín—, ja tu
habitación, ahora! Nicolás salió corriendo, llorando, tropezando en las escaleras... Mientras que la pequeña Catalina se quedó pegada a Rebeca, llorando también.
—No me saques, por favor, papá... —sollozaba—, quiero quedarme con la tía Rebeca... no me saques...
Martín la miró una sola vez, duro... no gritó, pero la voz le salió helada.
—Yolanda, llévala a su cuarto —ordenó—, ahora.
—Pero señor, la niña solo...
—¡He dicho ahora! Yolanda dudó un segundo, pero Catalina empezó a patalear, a resistirse, a agarrarse del suelo, llorando más fuerte, estirando la mano hacia Rebeca como si se la estuvieran arrancando... al final, entre Yolanda y otra empleada, se la llevaron a rastras, gritando.
De verdad... qué escena tan satisfactoria.
Después de todo, hermanita... veo a Martín, a Rebeca retorciéndose de dolor, a los empleados
corriendo, a Yolanda arrastrando a la niña y a Nicolás llorando de culpa...
Los estoy haciendo pagar, uno a uno... y lo mejor es que no tengo que empujar nada, se lo están haciendo solos, él, su amante y sus perfectos hijos insoportables.

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