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Yo tomaré tu lugar romance Capítulo 57

 

Capítulo 57

Y los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.

Martín se quedó inmóvil, su mirada se le clavó en mí y me recorrió de arriba abajo sin disimularlo, el escote, la cintura, el corte de la falda, la pierna asomándose al bajar, el rojo encendiéndose en la sala como si todo girara alrededor mío, de lejos se le tensó la garganta y tardó un segundo en reaccionar.

Rebeca se quedó con los ojos abiertos, dura, como si le hubieran echado un balde de agua fría encima, bajó la mirada al vestido, rojo, su rojo, luego me miró a mí y después a Martín, que seguía estático viéndome.

—¿La vas a llevar a ella? —chilló, señalándome—.

¿A ella? ¿Por qué?

La voz le salió rota y Martín parpadeó, como despertando, se giró hacia ella.

—Será mejor que descanses —dijo, serio—, volveremos muy tarde.

Intentó irse hacia la puerta, pero Rebeca lo sujetó del saco.

—¡No me digas que descanse! —casi gritó—, yo puedo arreglarme en diez minutos, me pongo un vestido, me maquillo, tú sabes que en media hora estoy lista, no vas a ir con ella y dejarme aquí como una idiota.

Ahí estaba otra vez la escena armándose sola, maravilloso.

Martín apretó la mandíbula.

—No es por ti —murmuró—, es por tu brazo, no estás para ese tipo de cosas ahora, te duele hasta moverte...

—¡Esto no tiene nada que ver con el brazo! —lo cortó—, no me mientas, Martín, me estás dejando en la casa porque no quieres que vaya, porque prefieres ir con ella.

Él soltó el aire, cansado.

—No voy a discutir esto —dijo—, voy a buscar el teléfono y las llaves, el chofer ya llegó.

Se fue al estudio y la dejó ahí, sola, en medio de la sala, y a mí me dejó todo servido.

Me acerqué despacio, dejando que el vestido se moviera suave a cada paso, Rebeca tenía los ojos

clavados en mí, respirando agitada.

—Vas a ir solo porque yo no puedo —escupió, con rabia contenida—. Disfrútalo.

Me dieron ganas de reírle en la cara, me las tragué, levanté apenas la comisura de los labios y sonreí.

—Por supuesto que lo voy a disfrutar —murmuré —, pero no te confundas, no es solo porque no puedas ir.

Frunció el ceño y soltó una risa corta, cargada de veneno.

—¿Ah, no? Yo siempre lo acompaño, siempre he sido su mano derecha, la que sabe cómo moverse...

tú solo estás estrenando vestido, siempre te quedas encerrada llorando como una mustia por su atención.

La miré de frente con un toque de burla —Tú puedes ser lo que quieras —respondí—, mano derecha, niñera, asistente, lo que se te antoje... pero yo soy la esposa.

Di un paso más y quedé tan cerca que me llegó el olor de la pomada quemante mezclado con su

perfume barato —Y para que te quede claro... —incliné la cabeza y le hablé al oído—, creo que a partir de ahora soy yo la que va a ir a todos lados con Martín, y no por tu brazo... ni por las quemaduras.

Se tensó entera.

—¿Entonces por qué? —susurró, clavándome la mirada.

Sonreí, tranquila.

—Porque mi entorno no te acepta —dije suave—, ni te va a aceptar nunca.

Le ardió, se le vio en los ojos.

—No creas que así él se va a fijar en ti — contraatacó—, solo está aprovechando que estoy delicada, cuando esté bien todo va a volver a ser como antes, te lo aseguro.

Capítulo 57 1

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