Capítulo 53
La sonrisa se le apagó al instante mientras alzaba la vista, tenso otra vez.
—¿Cuál es la condición? —preguntó—. Cualquier cosa la aceptaría, con tal de que Alejandro reinvierta... lo necesito.
Jugué con la venda de la rodilla, como si me costara decirlo.
—Aceptaron que vayas tú, con tu compañía, con quien quieras... —empecé—, pero no aceptan que vaya Rebеса.
El silencio cayó pesado.
—Está vetada —añadí—, de todos los eventos y clubes del Grupo Valderrama.
Bajó la mirada a la invitación, pero ya no la estaba leyendo... estaba recordando, lo supe enseguida.
El salón del club privado, las luces, las mesas blancas, Mónica y Camila hablando de campañas, de spots, de cómo anunciar la imagen de Robles & Cruz en sus noticieros... Camila llevándolo aparte a
la terraza para explicarle una cláusula de imagen.
Rebeca viéndolos irse solos.
El resto ya lo conocía medio mundo.
El puño de Martín se cerró sin que se diera cuenta.
—Escuché que Rebeca empezó a gritarle delante de todos los socios —continué—, que la empujó, que le dio una cachetada tan fuerte que hasta le botó el arete... que Camila casi cae contra la baranda...
—No fue exactamente así... — me interrumpió.
—Tal vez para ti no —respondí—, pero para ellos sí. Para la prensa también. Al día siguiente ya había chismes por todos lados... "la amante de Martín Robles agrede a la hija del magnate de comunicaciones"... Alejandro quiso meter abogados o romper todos los tratos, pero no lo hizo por mí...
en realidad, por ser de la familia Cruz.
Se frotó la sien.
—Intenté comunicarme con él... —repitió, como hablándose a sí mismo—, cambiaron todo...
—Lo sé —asentí—, pero Camila me lo dijo claro — seguí—, para ellos fue una humillación... la amante de un empresario golpeando a la hija del hombre que controla medio aparato de comunicación de la ciudad... pudieron denunciarla, pero prefirieron esto.
—Convencí a Camila y ella habló con don Alejandro —rematé—, y él aceptó darte una segunda oportunidad, pero dejó claro que Rebeca no vuelve a pisar un lugar donde haya un Valderrama.
Se quedó callado, con la invitación apretada entre los dedos, como si en cualquier momento fuera a romperla.
Respiré hondo.
—Intenté abogar por Rebeca... —dije despacio—, de verdad lo hice.
Martín alzó apenas la mirada.
—Les dije que estaba nerviosa, que fue un impulso, que se sintió desplazada... que no fue su intención armar un escándalo...
—No la justifiques —me cortó, seco—. Sabes que odio los malditos celos.
Por dentro me reí... ayer me dijo que extrañaba que
lo celara. Ya se te olvidó, hipócrita.
—No la estoy justificando... —susurré—, solo te estoy diciendo cómo lo vieron ellos... para ellos fue demasiado. Una cosa es estar incómoda... otra muy distinta es cachetear a la hija del hombre que puede hundirte en todos los noticieros.


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