Capítulo 55
La ambulancia llegó rápido... paramédicos, camilla, olor a desinfectante y a plástico, todo mezclado con los gemidos de Rebeca, repitiendo que le ardía, que le dolía, que se moría.
Le pusieron algo en el brazo, gasas, suero, incluso un collarín que no necesitaba, pero ella se dejaba caer como si se hubiera fracturado todo... Martín no se apartó de su lado.
—Voy con ella —dijo cuando la subieron a la camilla.
—Yo me quedo con los niños —respondí.
Él asintió, distraído.
La puerta se cerró... y la casa quedó extrañamente silenciosa.
Yolanda volvió de dejar a Catalina encerrada; Nicolás lloraba a moco tendido detrás de su puerta, golpeando la madera, pidiendo ver a Rebecа.
—Que no salga —ordené suave—, está muy alterado.
Nadie protestó.
Subí despacio las escaleras y en mi cuarto, al fin sola, me dejé caer en la cama mirando el techo...
culpa, un poco, lo admito... pero pensé en todo lo que le hicieron sufrir a mi hermana y se me pasó.
—Uno a uno... —murmuré.
Al rato el celular vibró... era Martín.
—¿Cómo está? —pregunté, dejando que sonara suave, casi preocupada.
—Tiene quemaduras de segundo grado en el brazo y el hombro —respondió, cansado—, no es tan grave como parecía, pero va a estar medicada, en reposo... ya la están atendiendo.
Hizo una pausa.
—¿Y los niños?
—Encerrados —respondí—, Nicolás no para de llorar... Catalina también, pero ya se durmió, les dije a los empleados que no los dejen salir.
—Mañana regreso temprano —dijo—, quédate en casa... no quiero que Rebeca y tú se crucen cuando le den de alta.
—Tranquilo —susurré—, me voy a mantener lejos... ya viste lo que pasa cada vez que intento hablar con ella.
Hubo otro silencio...
—Gracias por llamar a la ambulancia... — añadió al final, casi tragándose las palabras.
Sonreí despacio.
—No te preocupes... no la odio tanto —murmuré—, solo quiero que deje de destruirte cada vez que se pone nerviosa.
No respondió.
—Descansa —dijo al final.
Colgó.
A la mañana siguiente escuché la puerta principal...
me asomé desde el barandal del segundo piso y los vi entrar.
Martín caminaba despacio, con la misma cara rota de la noche anterior, y a su lado Rebeca, el brazo vendado, el cuello cubierto a medias por una gasa, apoyada en él como si hubiera vuelto de una guerra, Yolanda detrás cargando una bolsa llena de medicinas.
Nicolás fue el primero en asomar la cabeza, lagañoso, los ojos hinchados de tanto llorar...
Catalina salió después con el peluche apretado contra el pecho y apenas vio el vendaje blanco allá abajo se le iluminó la cara.
—¡Rebeca! —dijo, emocionada.
Los dos corrieron hacia la escalera...y ahí me crucé con ellos.
—Alto —dije, plantándome en medio.
Nicolás frenó en seco.
—Quítate —escupió—, vamos a ver a Rebeca.
—No —respondí—, ustedes dos están castigados.
Catalina frunció el ceño.
—¡Está mal! —protestó—. ¡Es nuestra Rebeca, la queremos ver! —Justamente porque está mal no van a ir a saltarle encima —dije—, está vendada, adolorida... у terminó así por ustedes.
—Fue un accidente —saltó Nicolás—. ¡Tú te moviste! ¡Si no te quitabas, no le caía a ella!
Sentí cómo algo se me encendía por dentro... lento, caliente.
—¿En serio estás diciendo eso? —susurré—. Yo no tenía una olla con agua hirviendo en las manos, Nicolás... el único que fue a la cocina y la lanzó...
fuiste tú.
Catalina apretó el peluche contra el pecho.
—Lo hizo porque tú siempre la haces llorar —chilló —, siempre eres mala con Rebeca... mala mamá.
Luego me miró.
—Y tú te harás cargo —añadió.
Los niños explotaron.
—¡NO! —gritó Nicolás—. ¡Quiero estar con Rebeca! ¡Papá, no quiero estar con esta!
"¿Esta?" pensé... será la zorra de tu niñera.
Catalina rompió a llorar.
—Rebeca, yo quiero quedarme contigo... —sollozó —, no quiero quedarme con ella...
Rebeca apretó los labios.
—Yo no tengo problema, Martín... —intervino rápido, suave—, los niños pueden quedarse conmigo, yo los controlo, tú sabes que se calman...
Di un paso adelante en la escalera.
—Rebeca, necesitas descansar —dije—, y yo necesito enderezar a mis hijos para que aprendan a respetar... ¿estás de acuerdo, Martín?
Lo miré desde arriba, con los brazos cruzados.
Se quedó callado un segundo... Rebeca se puso nerviosa, buscándole la mirada, intentando meterse.
—Yo puedo encargarme, de verdad... —insistió—, no hace falta que...
—Sabes que se acerca la fiesta empresarial—lo corté, sin mirarla—, ¿te imaginas que pase algo así
delante de socios, gente importante, prensa? Otro berrinche, otra escena... no podemos permitirnos eso.
Martín dudó... y Rebeca se exaltó al instante.
—¡Claro que no pasará! —saltó, herida—. ¡Fue un accidente! ¿Cómo puedes pensar que tus hijos son así?
Me giré hacia ella, despacio, fingiendo indignación.
—No los defiendas —murmuré—, te tiraron agua hirviendo, mira cómo estás... a mí ya me lo hicieron una vez, ¿quién sigue? ¿Martín? ¿La señora Emilia?
¿Algún socio? Si no los corregimos ahora... esto va a empeorar.
El argumento cayó justo donde debía.
Martín se quedó serio.
—Es cierto —dijo al fin—. Haz lo que tengas que hacer.

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