CAPÍTULO 5. Cuatro noches para decir adiós.
—¡Prométemelo, Kat! —le pidió el anciano y Katerina asintió mientras guardaba la memoria en su bolsillo.
Esa noche se detuvo frente a la puerta de su habitación, pero de alguna forma sabía que Jordan dormiría con ella, que se pasaría la madrugada en la biblioteca trabajando en el proyecto del rascacielos.
Y aun así lo escuchó protestar, hablar consigo mismo y referirse a ella como si solo tuviera una pataleta que ya se le pasaría. Pero mientras él se encarraba en la biblioteca, ella conectaba el USB que le había dado el señor Emerson y revisaba aquellos archivos mejor de lo que cualquier forense financiero podría hacerlo.
Y lo que encontró helaba la sangre:
Contratos duplicados. Depósitos a empresas fantasmas. Pagos por servicios que nunca se habían concretado. Más de cincuenta empleados falsos con depósito de salario a una sola cuenta suiza. Cheques para “desarrollo de marca” que se cobraban en joyerías y tiendas de lujo. Facturas de “investigación de mercados” que acababan en hoteles de Bali, Hong Kong o Roma. Adelantos para proyectos que terminaban como pagos para departamentos privados alrededor del mundo.
Dinero faltante. ¡Mucho dinero! Todo desviado de la sucursal de Londres.
Emerson Blackwood le estaba entregando la evidencia de que su hija adoptiva estaba hundiendo la división europea con sus gastos personales. Y esas evidencias solo probaban una cosa: Jordan cerraba los ojos cuando se trataba de Angela. Le tenía una confianza ciega, o quizás una confianza culpable, pero de cualquier manera esa confianza iba a ser su perdición.
Y en ese momento Katerina entendió que no podía llorar todavía, porque si los Blackwood intentaban acorralarla, primero tenía que defenderse. Así que sacó su teléfono y dio una sola orden.
—Papá, tengo en mis manos la gasolina del incendio, y estoy dispuesta a prenderlo —sentenció—. Necesito que hagas un último cambio en el contrato.
“Lo que quieras”, fue la única respuesta que recibió, y también la que necesitaba.
Al día siguiente Jordan llegó al comedor y se quedó paralizado frente a la mesa en la que siempre compartían el desayuno. Pero en lugar de una esposa que le untaba mantequilla en una tostada, mirándolo como si fuera un héroe, se encontró… bueno… el mantel vacío.
—¿En serio vas a seguir así? —siseó cuando la vio sentada en la cocina, con una taza de café y cero ganas de quererlo—. ¿Exactamente hasta cuándo va a durar este berrinche?
—Hasta que dejes de confundir berrinche con pedir respeto —respondió ella sin mirarlo, concentrada en la pantalla de su computadora—. O hasta que reconozcas la verdad.
—¿Y qué verdad sería esa?
—Que Angela regresó con intención de destruir nuestro matrimonio y tú se lo estás poniendo en bandeja de plata —replicó Katerina sin inmutarse.
—¡¿De verdad te estás oyendo?! —espetó Jordan—. ¡Tú eres mi esposa, ella es mi hermana…!
—Una hermana por la que haces cosas que no has hecho en un año por tu propia esposa, como llegar a cenar temprano siete días seguidos, por ejemplo —sentenció Katerina—. ¿O vas a decirme que no ajustaste tu horario para llegar a tiempo hoy también?
Jordan apretó los puños con un gesto de impotencia y se puso el saco.
—¡No se puede hablar contigo, Katerina! Estás paranoica, estás sacando todo de contexto —siseó tomando su maletín y ella le pestañeó con un gesto de fingida inocencia.
—¿Entonces… le digo a tu madre que no te espere a cenar hoy?


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