—No encontraste el registro de mi parto porque ese niño... murió antes de nacer —soltó Macarena con una voz serena, casi indiferente.
Fermín se quedó helado en el lugar, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
Por un momento, solo la observó. Su rostro lucía tan tranquilo, sin la más mínima señal de dolor. De pronto, como si algo dentro de él hubiera hecho clic, soltó una carcajada incrédula:
—Macarena, ¿me estás mintiendo, verdad? ¿A poco crees que te voy a creer eso?
No era posible. Ninguna madre hablaría así de su propio hijo muerto, como si nada. Y él la conocía bien.
Macarena siempre había buscado llamar su atención. Si de verdad hubiera perdido a un hijo, sin duda lo habría usado como excusa para buscar su compasión, llorando y gritándole en la cara.
Recordó aquella vez que recogió una gata de la calle. Cuando murió, después de varios intentos de salvarla, Macarena le había llamado hasta el extranjero, llorando tan fuerte que apenas podía entenderla.
¿Y ahora, cuando se trataba de un hijo? ¿De verdad pretendía que creyera que podía callar algo así?
Ella notó perfectamente la desconfianza en su mirada. Tal vez porque ya lo había previsto, no se sintió herida ni decepcionada ante su reacción.
Macarena soltó una risa desdeñosa, sin molestarse en explicar más. Dio media vuelta, lista para marcharse.
Fermín se adelantó y la bloqueó:
—Macarena, deja de armar tanto misterio. Dime de una vez, ¿el niño...?
No terminó la frase. En ese instante, su celular comenzó a sonar con una melodía aguda.
Fermín sacó el teléfono. En la pantalla saltó el nombre de "Abril" con letras grandes y claras.
Macarena también lo notó. Supuso que, como siempre, él contestaría la llamada de inmediato, así que se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Pero, contra todo pronóstico, Fermín frunció el ceño y colgó la llamada. Sin darle oportunidad de alejarse, volvió a interponerse en su camino:
—¿Dónde está el niño?


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