Al día siguiente.
El cielo estaba gris y nublado, pero Macarena Molina estaba de excelente humor.
Por la mañana, fue a buscar al doctor para preguntarle por los resultados de los exámenes de Benicio Oliva. El doctor le confirmó que todos sus indicadores habían vuelto a la normalidad y que en un par de días le darían el alta.
Ella todavía lo veía un poco débil, pero con las palabras del médico, por fin pudo quitarse ese peso de encima.
Compró el desayuno en la cafetería de la planta baja y regresó a la habitación.
Benicio ya estaba despierto, hablando con alguien por teléfono.
Originalmente pensó en esperar afuera un momento, pero él la vio.
—De acuerdo, ya lo sé —dijo—. Estamos en contacto.
Tras decir eso, colgó. Se acercó con una sonrisa y fijó la vista en la bolsa que llevaba Macarena.
—Qué lindo es despertar cada día sabiendo que alguien te va a consentir con la comida. ¿Qué me trajiste hoy?
Macarena abrió los recipientes.
—¡Vaya! ¿Cómo sabías que hoy tenía antojo de un buen tazón de avena calentita? Definitivamente, Macarena, nadie me conoce mejor que tú —dijo Benicio, mirándola con los ojos brillantes.
Macarena se dio cuenta de que él solo intentaba hacerla sonreír.
Siempre había escuchado que los enfermos se ponían de mal humor por el malestar. Por eso, cuando Fermín Gómez se enfermaba, ella hacía hasta lo imposible por animarlo.
Pero en los días que Benicio llevaba internado, parecía que los papeles se habían invertido.
Mientras ella se moría de preocupación, él se la pasaba haciendo bromas para tranquilizarla.
Más de una vez, al verlo así, a ella se le olvidaba que él estaba convaleciente.
Macarena sonrió y le tomó el rostro entre las manos.
—Qué le vamos a hacer, es porque te amo.
Ella no necesitaba un arrepentimiento genuino. Solo necesitaba esa disculpa pública, necesitaba que admitiera frente a la prensa que había provocado la muerte de su bebé.
A Abril le importaba demasiado la opinión de Fermín y la imagen que proyectaba ante los demás. Si usaba esa disculpa para tenderle una trampa, cualquier jugada sucia terminaría siendo un sabotaje contra sí misma.
Si Macarena no iba por miedo a lo que Abril pudiera hacerle, no solo se despreciaría a sí misma, sino que, si su hijo la veía desde el cielo, pensaría que era una madre cobarde.
—Además... si de verdad quiere hacerme daño, aunque no vaya esta vez, buscará otra forma de hacerlo —dijo Macarena—.
—En lugar de quedarme de brazos cruzados, prefiero ir, ver qué hace y devolvérsela.
Si Abril se disculpaba sinceramente, ella podría hacer a un lado el odio por un momento.
Pero si realmente era una trampa en su contra, entonces esa disculpa no sería el final, sino apenas el comienzo.
Podía usar la culpa que sentía Fermín para destruir a Abril con sus propias tácticas.
Macarena terminó de explicarle su plan.

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