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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 501

Mientras tanto, en el hospital. Después de que Macarena se fue, Benicio se quedó con un mal presentimiento. Estaba a punto de ir tras ella cuando su celular volvió a sonar.

Al ver que era Esmeralda Oliva, contestó sin dudar.

Un par de días atrás, cuando Dante Oliva dedujo que Lea Torres estaba en la finca, mandó a cercar toda la propiedad con una seguridad extrema. Preocupada de que las cosas se salieran de control, Esmeralda se ofreció a ir en persona para investigar.

—Algo malo le pasa a Lea —soltó Esmeralda de golpe, sin darle tiempo a Benicio de preguntar.

Le resumió la situación: le contó cómo Dante por fin había encontrado a Lea, pero la chica había sido diagnosticada con una enfermedad terminal. Al escuchar esto, el rostro de Benicio se ensombreció.

—Dan silenció a todos. Ahora mismo está moviendo cielo y tierra buscando médicos y especialistas para curarla. Ni siquiera la familia Torres sabe lo que está pasando.

Antes de colgar, Esmeralda le advirtió con firmeza.

—Por favor, no le digas nada a Macarena todavía. Si se entera, va a perder la cabeza y podría hacer alguna locura. No quiero que te arrastre en sus problemas.

Benicio sabía que el problema no era verse arrastrado. El verdadero peligro era la conexión tan profunda entre Macarena y Lea. Si ella descubría la verdad, se volvería completamente loca.

Nadie podría predecir las consecuencias de eso.

~

En la mansión de la familia Gómez.

Apenas llegó Macarena, los periodistas se lanzaron sobre ella como tiburones oliendo sangre.

—¡Señorita Molina! Dicen que usted y el señor Gómez esperaban un hijo, pero que él nunca se enteró. ¿Por qué le ocultó su embarazo?

—Teniendo en cuenta que su matrimonio estaba en ruinas, ¿planeaba usar a ese bebé para amarrar al señor Gómez y asegurar su lugar como la señora Gómez?

—¿Qué sintió el día que perdió al bebé?

—...

Decenas de cámaras le apuntaron directamente al rostro, hambrientas por capturar cada detalle de su humillación. Las caras de los reporteros reflejaban el más puro morbo.

Fermín, que estaba observando desde lejos, se quedó de piedra al escuchar las preguntas. De inmediato, la sangre le hirvió.

—¿Quién invitó a esta gente? ¿Dónde están los medios que contrató la familia?

Pero apenas se movió, vio que Macarena no ignoraba a los periodistas. No se veía triste, ni asustada. Se giró hacia las cámaras y encaró fijamente a la reportera que había hecho la última pregunta.

—Imagina cómo te sentirías si alguien matara a tu propio hijo. Así exactamente me sentí yo —respondió.

La reportera enrojeció de ira ante semejante respuesta. Ella también tenía un hijo, un niñito muy listo de apenas dos años, y que Macarena le lanzara ese ejemplo a la cara la hizo sentir asqueada y aterrorizada, como si le estuviera echando una maldición.

Macarena, sin perder la calma, se volvió hacia otro periodista. Su tono era suave, pero letal.

—Dicen que el león cree que todos son de su condición. Entonces, basándome en su lógica, ¿puedo asumir que usted arriesgaría su vida para tener un hijo solo para retener a un hombre?

—¿Cree que rebajarse a ese nivel le conseguirá el respeto de alguien?

—...

Macarena destruyó cada una de las preguntas insidiosas, una por una. No gritó ni perdió el control; en cambio, sus respuestas venían cargadas de un desprecio gélido.

Los reporteros se quedaron mudos. Cuando por fin reaccionaron e intercambiaron miradas, se dieron cuenta de algo aterrador: Macarena ya no era la misma.

Antes, ella siempre ponía buena cara frente a las cámaras. Si le hacían preguntas incómodas, se hacía la sorda o sonreía con nerviosismo para cambiar de tema.

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