Como si ya esperara esa respuesta, Benicio la miró con admiración y sonrió con complicidad.
—Tengo un chisme que podría servirte. ¿Quieres escucharlo?
Macarena lo pensó un segundo y tanteó el terreno.
—¿Abril Cordero no está embarazada?
—¿Ya lo sabías? —preguntó él, arqueando una ceja.
—Era solo una corazonada —respondió ella.
Aunque Abril había empezado a usar zapatos bajos, había dejado de arreglarse las uñas y se comportaba como toda una embarazada, las veces que la había visto le daba la impresión de que no era una mujer que cuidara de su bebé.
El día que Fermín le bloqueó el paso en la calle, Abril apareció corriendo a toda prisa hacia él.
Macarena recordaba que, cuando estuvo embarazada, le daba miedo hacer movimientos bruscos. Jamás se le habría ocurrido salir corriendo y sacudir su vientre de esa manera.
Y mucho menos sabiendo que un tropiezo podría provocarle un aborto.
Si Abril de verdad quería usar a ese bebé para amarrar a la familia Gómez, tendría que haber sido cien veces más cuidadosa que ella.
De todos modos, solo era una sospecha a la que no le había dado mayor importancia. Con todo lo que había pasado últimamente, ni siquiera tuvo tiempo de pensar en eso.
Benicio le pasó su teléfono.
—Le pedí a un contacto que hackeara el celular de Eduardo Reyes. Encontramos este informe médico.
Macarena tomó el teléfono y revisó el historial de Abril. Tal como sospechaba, los resultados de la prueba eran negativos. No había ningún embarazo.
—Primero hackeamos la base de datos del hospital, pero su expediente no estaba. Seguro lo borraron o lo escondieron muy bien —explicó Benicio—.
—Lo más probable es que los Gómez no tengan la menor idea de esto.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste