Fermín arrugó la frente, conteniendo una y otra vez la rabia que se le atoraba en el pecho.
—Macarena, ¿tienes idea de lo que estás diciendo?
Macarena asintió, su voz serena y firme.
—Sé perfectamente lo que estoy diciendo.
Hablaba con una seguridad que no se tambaleaba ante nada.
Fermín soltó una risa cargada de ironía.
—Después no vayas a arrepentirte.
Dicho eso, se puso de pie, listo para marcharse.
En el fondo, Fermín estaba convencido de que Macarena solo hablaba por enojo. Recordaba cómo ella había hecho hasta lo imposible por casarse con él, todo con tal de tener un hijo suyo y quedarse a su lado para siempre. Ahora que él por fin accedía a que tuvieran ese hijo, no creía que ella fuera capaz de renunciar tan fácilmente.
Con esos pensamientos en la cabeza, Fermín caminó despacio, dándole a Macarena la oportunidad de retractarse.
Macarena, sin embargo, entendió la jugada.
Él le estaba tendiendo la mano para que se bajara del barco antes de naufragar. Cada vez que discutían, Fermín actuaba igual: si ella se acercaba, lo calmaba y le decía unas palabras suaves, todo volvía a la normalidad.
Hubo un tiempo en el que Macarena pensó que tal vez no era tan malo vivir así. Solo tenía que ceder un poco, rebajar su orgullo, y podría tener una familia en paz.
Pero luego comprendió que lo único que conseguía era una pizca de piedad, jamás amor verdadero. Y tarde o temprano, llegaría el día en que ni siquiera esa lástima le alcanzaría para conseguir lo que quería.
Como ahora, con ese hijo.
Macarena guardó silencio, observando cómo Fermín llegaba hasta la puerta.
Fermín, notando que ella no decía ni una palabra, sintió una punzada de molestia. Sin saber muy bien por qué, se detuvo y se giró para mirarla de nuevo.
Se permitió, aunque fuera por un instante, recordar esa tumba solitaria y el dolor que ella debía estar sintiendo tras la pérdida de su hijo. Decidió darle una última oportunidad.
—Macarena, te lo pregunto una vez más… ¿quieres…?
No terminó la frase. Justo en ese momento, alguien tocó la puerta.
La voz de Ronan se escuchó al otro lado, clara y fuerte, incluso a través de la puerta gruesa.
—Macarena, ¿ya regresaste?
El sonido sorprendió a Fermín.
Ya sabía, por Ernesto, que Ronan y Macarena se conocían. No era eso lo que le asombraba.
Lo que le extrañó fue otra cosa…
Fermín revisó el reloj.
Eran casi las ocho de la noche.
¿A esa hora venía a buscarla?
Mantuvo la voz ligera, pero las palabras traían un filo afilado, imposible de ignorar.
Lo conocía y, aun así, había rechazado su oferta de trabajo. Eso era hacerlo a propósito.
Desde que se reencontraron tras cinco años, Macarena nunca había visto a Ronan tan directo, tan dispuesto a dejar en claro su desdén, sin preocuparse por las apariencias.
El ambiente se tensó, como una cuerda a punto de romperse.
El aire se llenó de esa electricidad previa a una tormenta.
Macarena, temiendo que Fermín perdiera la cabeza y armara un escándalo, se apresuró a interponerse entre los dos, quedando delante de Ronan.
Ese gesto, aunque discreto, era como si tratara de proteger a Ronan.
No pasó desapercibido para Fermín, que sintió cómo los nervios le latían en las sienes.
Macarena, notando el cambio en su ánimo, habló con voz tranquila.
—Si no tienes nada más que hacer aquí, ¿por qué no te vas? Abril te está esperando.
¿Ahora lo estaba corriendo?
Fermín sintió una mezcla de ira y humillación.
Pero lo que más le ardía era ver lo cerca que estaban Ronan y Macarena, uno junto al otro, como si le quisieran dejar claro que él ya sobraba ahí.

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