Carmen se quedó sin palabras por un momento, pero al final murmuró:
—Fue Piero quien me lo encargó.
—Bien, voy a preguntarle entonces.
Macarena se levantó y se dirigió hacia la oficina de Piero, pero Carmen, algo alarmada, le arrebató los documentos de las manos y, molesta, replicó:
—Yo los puedo llevar, pero en este proyecto ni siquiera participé. Si los de promoción me preguntan algo, ¿qué les voy a decir?
—En los documentos viene todo explicado. Si de plano no entienden, que vengan conmigo —contestó Macarena, con aire despreocupado.
Decía que era para hacer el enlace, pero la realidad era que solo estaba usando a Carmen para hacerle los mandados y encargos insignificantes. El resto aún tenía que encargarse de asuntos pendientes, y la única que estaba sin nada que hacer era Carmen.
Sin embargo, Carmen no podía dejar de pensar que Macarena lo hacía a propósito, como si quisiera ponérsela difícil. Salió de la oficina echando chispas.
La oficina de promoción estaba justo en el piso de abajo. Mientras esperaba el elevador, Carmen miró los documentos en sus manos y de pronto una idea maliciosa cruzó por su mente.
Ese era el proyecto de Macarena. Si Carmen lo echaba a perder adrede, ¿no podrían despedir a Macarena por ello? Además, había tanta gente observando que ni siquiera Ronan podría ayudarla…
Pero algo no cuadraba.
Al pensarlo mejor, Carmen se dio cuenta de un detalle importante: Macarena le había dado la tarea a ella. Si algo salía mal, Carmen también quedaría implicada.
Ahora sospechaba que Macarena le había dado ese encargo con toda la intención de involucrarla. Si las cosas se torcían, la más preocupada sería ella misma.
Por primera vez, Carmen sintió que Macarena la había metido en una trampa. Pisó el suelo con fuerza, frustrada.
Pero aunque le molestara, no tenía opción. Macarena era su jefa directa, y si quería quedarse en UME, debía obedecer.
Resignada, Carmen entró al elevador. Justo cuando iba a cerrarse la puerta, Teresa apareció corriendo.
—Carmen, espera, ¡no te vayas!
Carmen tenía buena opinión de Teresa. Además, ambas detestaban a Macarena, así que podían considerarse aliadas.
Con amabilidad, Carmen le mantuvo el elevador abierto.
—Gracias, Carmen —le sonrió Teresa.

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